"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

viernes, 18 de junio de 2010

Nadando en la Vía Láctea

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"-¡Oh, la Vía Láctea! ¡Es espléndida! -exclamó Komako, sin dejar de correr delante de él, con los ojos clavados en el cielo.

La Vía Láctea...Mirándola a su vez, Shimamura tuvo la impresión de nadar en ella. Tan próxima le pareció su fosforescencia que se sintió como si le hubiese aspirado. Sin duda, cuando el poeta Bashô la había descrito como un arco de paz sobre el mar desencadenado, debía de haberlo hecho bajo la impresión de aquella inmensidad
resplandeciente y aturdidora. Porque ahora se inclinaba precisamente sobre él, encerrando la tierra nocturna en su abrazo puro, indescifrable y sin emoción.

Se trataba de una imagen pura y próxima, de una voluptuosidad terrible, bajo la cual Shimamura se imaginó por un breve instante su propia silueta recortada en una sombra, tan múltiple e infinita como las estrellas y tan innumerablemente multiplicada como puntos argénteos hubiera en la luz lechosa y hasta en el reflejo espejeante de las nubes. El cielo estaba tan claro, y mostraba una limpidez y una transparencia tan inigualables, que cada una de las gotitas de nubes, ínfimmas y resplandecientes, se confundía con su infinitud. Aquel manto sin fin, aquel velo infinitamente sutil, sutilmente tejido en el infinito, atraía imperiosamente la mirada de Shimamura.


-¡Espérame! ¡Espera! -gritó a Komako, que seguía avanzando.
-¡Corre!-contestó la joven, sin dejar de correr a su vez hacia la ladera de la montaña detrás de la cual caía el telón luminoso de la Vía Láctea. Bajo la luz sensible de las estrellas sobre la nieve, Shimamura casi creía ver, tan aprisa corría Komako, la vuelta roja de su quimono interior, levantado por efecto de la velocidad." [pp.166-67]

Yasunari Kawabata: País de nieve, emecé.