"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

domingo, 20 de abril de 2014

MARK TWAIN y R. L. STEVENSON




Mark Twain y Robert Louis Stevenson juntos en Nueva York. Sorprende encontrarles charlando en un banco de Washington Square. Son  autores de tres de los cuatro libros más atrayentes y populares para lectores adolescentes,que  seguirán releyéndolos o añorando toda la vida. El encuentro entre los dos grandes escritores lo cuenta Mark Twain en su Autobiografía, publicada por primera vez, en España, en 2004 por Espasa, pp. 364-66
              

                                    
                                                       




Mark Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer  y de Las aventuras de  Huckleberry Finn -el libro que para  Hemingway es el origen de la novela norteamericana  y Stevenson  de  La isla del tesoro - que Borges confesaba releer todos los años-.

El cuarto libro entre los más leídos, queridos y que han hecho más lectores entre los jóvenes es El Guardián entre el centeno de Salinger. Los cuatro atrapan al lector con la misma fuerza y actúan como talismanes, objetos con poderes que abren  puertas a otras vidas y  otros mundos y hacen evidente  que la lectura divierte, entretiene, y es productiva  desde un punto de vista personal    al   dilatar el mundo cotidiano y ser una compañía grata que puede durar siempre. 






   "En un banco de Washington Square  fue donde más vi a Louis Stevenson. Ocurrió en una salida que duró una hora o más y resultó ser muy agradable y entretenida. Yo había ido con él desde su casa, donde había estado presentando mis respetos a su familia. Su ocupación en la plaza consistía en absorber los rayos del sol. Era una persona escasamente provista de carnes; sus ropas parecían caerle en huecos como si no hubiera nada por dentro más que el armazón para la estatua del escultor. Su cara alargada, el pelo lacio, la tez oscura y la expresión abstraída y melancólica parecían encajar perfectamente en todos los detalles de forma exacta y armoniosa, y el conjunto parecía especialmente planeado para concentrar los detalles de tu observación y focalizarlos sobre el rasgo más distintivo y notable de Stevenson: sus espléndidos ojos. Ardían con fuerza como tizones encendidos bajo los arcos de sus cejas y le hacía bello. 
 Le dije que pensaba que él tenía razón sobre los otros, pero que se equivocaba con Bret Harte. En esencia, le dije que Harte  era buena compañía  y un conversador no muy pródigo pero agradable. Que siempre resultaba luminoso, pero nunca brillante. Que no debía compararse con Thomas Bailey  Aldrich, ni ningún otro tampoco, antiguo o moderno. Que Aldrich era siempre ingenioso, siempre brillante, si había alguien capaz de golpear su pedernal con el ángulo exacto.Que Aldrich era tan seguro, inmediato e infalible como el hierro rojo vivo en el yunque del herrero: sólo tenías que golpear adecuadamente para hacerle producir toda una explosión de chispas. Y añadí:
   -Aldrich  no ha tenido nunca igual en cuanto a dicho ingeniosos, rápidos, expresivos y humorísticos. Nadie ha podido igualarle, y ciertamente nadie le ha superado en la felicidad de las frases con las que arropaba a esos hijos de la fantasía. Aldrich siempre fue brillante, no podía evitarlo. Es un ópalo de fuego engarzado con diamantes rosas. Cuando no está hablando, sabes que está centelleando y chispeando a su alrededor exquisitas fantasías. Cuando habla, los diamantes destellan. Sí, siempre fue brillante; siempre será brillante. Será brillante en el infierno, ya lo verás.   -Espero que no.   -Bueno, ya lo verás; y hará palidecer esos rubicundos fuegos y parecerá una Venus rubia recortada contra una puesta de sol de color rosa.  
    Allí, en aquel banco, inventamos una nueva frase -uno o el otro, no recuerdo quién de los dos-: "renombre sumergido". Se discutieron bastantes variaciones: fama sumergida, reputación sumergida, y cosas así; e hicimos la elección: renombre sumergido fue la elegida, creo. Este importante asunto surgió de un incidente que le había sucedido a Stevenson en Albany. Mientras se encontraba en una librería o en algún puesto de libros, había notado la existencia de una larga fila de pequeños libros editados de forma barata pero pulcra y que llevaban títulos como Discursos selectos de Davis, Poesía selecta de Davis, de Davis por aquí, de Davis por allá y de Davis por el otro lado; todos ellos compilaciones, y cada una con un breve, compacto, inteligente y útil capítulo introductorio del mismo Davis, cuyo nombre de pila he olvidado. 
   Stevenson había empezado el asunto con esta pregunta:   -¿Puedes nombrarme al autor norteamericano cuya fama y aceptación se extienda más a lo largo  y a lo ancho de Estados Unidos?      Pensé que sí, pero me pareció inmodesto decirlo en voz alta, dadas las circunstancias. Así que, por modestia, no dije nada. Stevenson se dio cuenta y me dijo:   -Guárdate la delicadeza para otra ocasión, que no eres el único. Por un chelín tú no puedes nombrarme al autor norteamericano de mayor fama y popularidad de los Estados Unidos.Pero yo sí.    Entonces continuó y me contó lo de aquel incidente de Albany. Le había preguntado al librero:   -¿Y quién es este Davis?   La respuesta fue:   -Un autor cuyos libros necesitan trenes enteros para transportarlos, no cestos. Al parecer usted no ha oído hablar de él ¿verdad?   Stevenson le contestó que no, que esa era la primera vez. Y el hombre continuó:   - 
Nadie ha oído hablar de Davis; puede usted preguntar por ahí y lo comprobará. Nunca verá su nombre mencionado en letras e molde, ni siquiera en los anuncios; estas cosas no le sirven para nada a Davis, no más que al viento  y al mar. 
Usted nunca verá un libro de Davis flotando en la cima de los Estados Unidos, pero póngase su traje de buzo y vaya bajando, bajando, bajando hasta que tope con la densa región, la oscura región del trabajo esclavo eterno y los salarios de hambre: ahí los encontrará por millones. el hombre que cuenta con ese mercado tiene hecha su fortuna, su pan está seguro, porque esa gente nunca le dará la espalda. Un autor puede tener una reputación confinada a la superficie y perderla y ser compadecido y despreciado, luego olvidado, olvidado por completo: los pasos frecuentes de la reputación de superficie. Una reputación de superficie, por grande que sea, es siempre mortal  y siempre se la puede matar si aciertas con alfileres, agujas y veneno lento, no con el garrote o con el hacha de guerra.  
Pero el asunto es muy distinto con la reputación sumergida; abajo en las aguas profundas; una vez favorito allí, siempre favorito; una vez amado, siempre amado; una vez respetado, siempre respetado, honrado y creído. Porque lo que el crítico dice nunca encuentra su camino en esas plácidas profundidades, ni las befas de los periódicos, ni un solo soplo de los vientos de la calumnia que soplan arriba. Abajo nunca se oye hablar de esas cosas. Su ídolo puede ser de arcilla pintada ahí arriba, en la superficie, y desvanecerse y desgastarse y hacerse añicos y desaparecer con el viento, porque ahí hay peor temporal. Pero abajo, es de oro y de diamantes; resulta indestructible."


                                     
Mark Twain, Autobiografía, Espasa, 2004/