"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

viernes, 20 de mayo de 2016

TOBIAS WOLFF un cuento





capacidad de observación ironía finura psicológica uso magistral del ritmo narrativo y del potencial expresivo del  lenguaje talento...con ese material hace sus cuentos y en ellos introduce un relámpago de ingenio un plus un giro imprevisto o un juego de imágenes o de pensamiento -o una conversación paralela de seducción  con alusiones  irreverentes a Freud... 


                     alex katz, brooklyn 1927 



Reducida a Huesos

  

Tenía una cita en una funeraria y estaba inquieto por marcharse. Su madre agonizaba, allí en su propia cama, como había querido, con él atendiéndola. Le había dado un poco de hielo . Era la única cosa que podía hacer ya por ella. Parecía que estaba dormida otra vez, Pero se obligó a esperar un poco más antes de marcharse.



Se acomodó en el sofá en que había estado durmiendo y volvió a hojear uno de los álbumes de fotos de su madre. Aquél había sido su favorito cuando era niño, porque presentaba a su madre cuando era pequeña, en un mundo sepia con vestidos de los años veinte, trajes de baño con volantes y automóviles de turismo Franklin. Allí estaba de primera comunión, la viva imagen de la hija de él. El parecido le produjo nostalgia; aquello quedaba tan cerca. Su madre miraba hacia el cielo en una pose de untuosa reverencia probablemente dictada por su padre, pues ni la unción ni la reverencia formaban parte de su carácter. Siempre trató los arrebatos de fe religiosa de él con evidente desconcierto.

Y aquí un poco mayor en la popa de un barco, flanqueada por su frágil madre de rostro dulce y su padre, un hombre bajo con uniforme de la marina, los brazos cruzados sobre el pecho. Un gilipollas completo. Pedante, incansable, mezquino, matón. Cuando murió su madre la hizo dejar de estudiar y la convirtió en esclava de la casa. Se escapó a los diecisiete años, después de que su padre disparase con una pistola a un chico escondido en el jardín de atrás, que esperaba a que ella saliera a escondidas. Hablaba de él muy pocas veces, y cuando lo hacía tensaba los labios. En su entierro ella tenía una expresión de extraña frialdad inflexible, casi de triunfo. ¿Por qué había ido?  ¿Sólo para estar segura?


Ah, aquella, la mejor, con su madre de pie delante de una larga tabla de surf clavada en la arena de Waikiki Beach, el propio Duke  Kahanamoku le había enseñado a cabalgar las olas. Era esbelta, encantadora y posaba de cara a la cámara con una bravuconería que le hizo mirar con atención. Aquella era su madre, la gran amiga de su juventud.

Iba a llegar tarde a su cita. Era viernes por la tarde, y si no iba ahora tendría que esperar hasta el lunes. La idea de no llegar a tiempo le hizo sentir una especie de pánico. Se paró delante de su madre y miró su fino pelo blanco, una bruma sobre su cráneo. Los hombros le subían y bajaban con su respiración rasposa y superficial. Él le susurró algo. Esperó, volvió a susurrar. Nada.


Al salir se detuvo en la habitación de las que la atendían y pidió a Feliz, la joven que estaba ahora, que entrara de vez en cuando y le diera a su madre unos trocitos de hielo si despertaba antes de que él volviese. Ella se mostró de acuerdo, pero él notó que le molestaba. Era nueva le daba miedo el consumido cuerpo de la madre, como le pasaba a él; había visto lo intimidada que estaba aquella mañana cuando los dos le pasaron la esponja, y supuso que ella había visto que también lo estaba él.

   -Por favor -dijo-. No estaré mucho fuera.
   -Bien, vale -dijo ella, pero no quiso encontrarse con la mirada de él.
Dios, era agradable salir de allí; poner en marcha el Miata color rojo pirulí que había alquilado y salir disparado del aparcamiento, con el sol en la cara. En la agencia de viajes donde había sacado el billete para el vuelo a Miami le habían conseguido un Buick sedán de tamaño mediano a precio de saldo, pero en cuanto salió de la terminal al cálido crepúsculo le dominó la idea de un descapotable; y cuando volvió dentro y la guapa latina del mostrador mencionó que tenía un Miata disponible, lo alquiló sin dudarlo, aunque era absurdamente caro y, dada la ocasión, quizá un poco llamativo.

Antes nunca había conducido un coche deportivo. Disfrutó yendo cerca de la carretera y abierto al cielo, notando el aterciopelado aire del mar envolviéndole. Durante las horas dentro del apartamento en sombra, con olor a lavanda, fue consciente del coche que tenía fuera y la idea le gustaba.


No había mucho que le gustase, y menos que nada todas aquellas largas horas como inútil testigo potencial de la agonía de su madre; no era capaz de tener contacto con ella, no sabía qué hacer o decir. Nada de aquello era como él esperó: los dos recordando los viejos tiempos mientras las sombras se alargaban, recuperando su camaradería, suprimiendo la cautela que en cierto modo se interpuso entre ellos. Trató de superarla: habló exultante de su mujer e hijos, mientras se daba perfecta cuenta de que ella estaba más allá de la curiosidad, si es que le entendía algo. Y habló, sabía, para apagar los esfuerzos para respirar de ella, para llenar la propia cabeza con el sonido de una conversación normal y distraerse de su impaciencia porque se acercara el final, por el bien de ella, trató de creer; para liberarla.


Sintió que le había tocado un papel un tanto rastrero, como cuando registró el apartamento en busca de las joyas de ella. Lo había hecho después de que el encargado de una funeraria le dijera que otras personas con acceso a ellas -cuidadoras, personal del edificio- podrían hacerse con las joyas si no las encontraba él primero. "Pasa todo el tiempo", dijo tristemente el hombre. Era un trajín macabro, revolver a todos los cajones y armarios mientras su madre yacía hecha un ovillo en la cama. De vez en cuando él se sobresaltaba y quedaba inmóvil como un ladrón, con la mano en el bolsillo de un abrigo, debajo de una pila de jerséis, conteniendo la respiración. Todo estaba allí, todas las cosas que recordaba, en cualquier caso, y nada de aquello era digno de un robo; tal vez su hija pudiera usar algo para jugar a vestirse de manera elegante. Y se había dado a sí mismo otra razón más para sentirse moralmente empequeñecido por las mujeres mal pagadas que cuidaban de su madre y la querían, y ahora simplemente la lloraban en vano.


La funeraria estaba sólo a unas cuantas manzanas de distancia. Era la cuarta que había decidido ver. Buscaba lo más básico: incineración, entrega de las cenizas en un recipiente adecuado, rellenado de los certificados de defunción. su madre quería que la incinerasen y sin duda hubiera aprobado que comparase los precios. Ella no tenía tampoco ninguna capacidad para guardar duelo. Dos semanas después de la muerte de su marido hizo un crucero por el Egeo. Cuando a su cocker spaniel- Mugsy, al que quería más que a cualquier marido- lo atropelló un camión, compró una estatua de tamaño natural para señalar el lugar donde descansaba en el jardín de atrás, pero la estatua era de un terrier airedale; le salió muy barata después de que el tipo que la había encargado se echara atrás.

La Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos tenía aspecto de misión española, lo que inmediatamente le puso en guardia. ¿Quién sino los deudos del muerto pagarían el techo de azulejos de imitación, el campanario falso? Los precios que ya le habían dado iban de entre los mil cien pavos a unos acojonantes mil ochocientos por el mismo servicio mínimo. ¿A cuánto se atreverían a subir Grolier e Hijos?
                                                       
En la puerta salió a recibirle una mujer alta con traje de chaqueta negro. Tenía el pelo moreno muy corto con un mechón blanco en una sien, y llevaba los labios pintados de un granate oscuro. Le miró con tal fijeza cuando el se presentó tartamudeando su nombre, que no se enteró del de ella.
   -Entre -dijo la mujer, y él la siguió por el vestíbulo tras un rastro de perfume levemente especiado con sudor. El edificio era fresco y silencioso, callado. La mujer le dijo que todos los demás estaban fuera realizando servicios. Tenían dos entierros aquella tarde, y ella se había marchado pronto de uno de ellos para verle. Si parecía,"¿cómo se dice?...Un poco alicaída, sí, alicaída", era porque la demoró la circulación y había llegado sólo unos minutos antes, con retraso para su cita. Pensó que igual él no la había esperado. ¡De lo menos profesional! Pero al parecer él también había llegado tarde, ¿no? Conque a los dos les había pasado lo mismo.
   -Estamos empatados.
La mujer le llevó a un pequeño despacho y escuchó mientras él exponía la situación de su madre y lo que tenía en mente. Mientras hablaba, ella mantenía los ojos fijos en él. Se sintió otra vez intimidado por la franqueza de su mirada.
   -Ésta es la parte más dura -dijo ella-. Mi viejo padre murió el año pasado y sé que no es una fiesta campestre. Estaba muy unido a su madre ¿verdad?
   -Estábamos muy unidos.
   -Lo puedo asegurar -dijo la mujer. 
   Él le preguntó cuánto cobrarían Grolier e Hijos por lo que quería.
   -Bien -dijo la mujer-. Vamos al asunto.

Con unos tirones ensayados se quitó los guantes negros que llevaba puestos, luego se despojó de la chaqueta y tomó una hoja impresa de la bandeja de su mesa y empezó a destacar varias líneas con un rotulador fosforescente. sus dedos eran gordezuelos y no llevaba anillos. Claro...los guantes. Mientras esperaba, el nombre de ella le vino desde donde se hubiera ido. Elfie. Aquello no encajaba. En ella no había nada delicado y pequeño, nada ligero o esquivo. En aquella habitación pequeña podía olerla con claridad entre su perfume; más salada que agria. Sus pechos hinchaban la tela de su blusa sin mangas, y tenía los brazos pesados y redondos, no gruesos, sino con la rotundidad de los cuarenta y cinco, cincuenta años. Tenía una boca grande, casi grosera. Fruncía los labios según enumeraba las cifras, luego empujó el papel por encima de la mesa y se echó hacia atrás en su asiento.
   -Puede que le salga mejor -dijo-. Le puedo recomendar otras empresas que le convengan más.
Los ojos de él se dirigieron directamente al final de la página. Dos mil trescientos. Tuvo cuidado de no demostrar su reacción ante aquella suma casi cómica.
   -Pensaré en ello.
   -La Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos es una empresa que hace todos los servicios -dijo-.  Todo de primera clase. Si quiere que a su abuelo lo entierren en un barco vikingo, acuda a la Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos. No se ría. Le podría contar algunas historias. Bien...¡qué vergüenza! ¿Me perdonará por haberle dejado seco todo este tiempo? ¿Zumo de naranja? ¿Evian?
   -Él iba a decir que no, pero el zumo sonaba bien y ella añadió:
   -¿O cerveza? Tenemos cerveza.
   Él dudó.
   -Bien -dijo la mujer-. Le acompañaré -hizo rodar su silla hasta una pequeña nevera del rincón-. Agua -dijo, rebuscando- Agua, agua, agua.
   -Agua estará bien.
   -No. Demasiado tarde para eso. Venga.
                                                      
   Le condujo al fondo del vestíbulo, a un gran despacho de madera negra y amueblado como un club de caballeros. Alfombras orientales, sofá y butacas de cuero rojo, estanterías llenas de libros encuadernados en piel. Elfie le señaló una silla. Sacó una botella y dos vasos altos de una nevera integrada en la madera. Sirvió cerveza con cierto cuidado, le tendió un vaso, y se situó detrás de un pesado escritorio con fotografías en marcos plateados.
   -Salut -dijo.
   -Salut.
                                                          
La mujer dio un largo trago y se pasó la lengua por los labios. Luego se echó bruscamente hacia adelante y puso una de las fotografías de la mesa boca abajo.
   -Es buena -dijo él.
   -Pilsner checa. La mejor.
   -¿Es usted checa?
   -¿Creería que soy japonesa si le hubiera dado Asahi? No. Soy de Wien. ¿Ha estado?
   -Dos veces. Hermosa ciudad -le encantó saber que Wien era Viena.
   -Supongo que fue por la ópera.
   Tentado a mentir, se decidió en contra.
   -No -dijo-.No me gusta la ópera.
   -Tampoco a mí. La encuentro absurda -la mujer se estiró y puso otra fotografía al revés.
   -Entonces, ¿cómo terminó usted aquí? -preguntó él.
   ¿En Miami, Estados Unidos? ¿O en la Capilla Funeraria Colonial Grolier e Hijos?
   -Las dos cosas.
   -Es una larga historia.
   -Ah, el viejo truco de la Legión Extranjera.
   Ella engalló la cabeza y esperó.
   -Cuando uno le pregunta a un legionario algo sobre él, siempre dice: "Es una larga historia". Tienden a tener historias que no soportan el examen a fondo.
   -Como nos pasa a todos.
   -Como nos pasa a todos -repitió él, nada molesto porque alguien creyera que poseía una historia de ese tipo.
   -¿Fue usted legionario?
   -¿Yo? No.
   -Pero fue usted soldado. Lo puedo asegurar.
   -Hace mucho tiempo.
   -Ah, ¡hace mucho tiempo! Es usted tan viejo.
   -Hace treinta años.
   -Eso marca -dijo ella-. Siempre lo puedo notar.
   -¿De verdad?
   -Siempre.
Siguieron hablando, y a él todo el rato le pareció que estaban manteniendo otra conversación. En esta conversación paralela él estaba diciendo: "Me gusta como hablas", y ella estaba diciendo:"Ya sé que te gusta, ¿y qué más cosas te gustan?". Él estaba diciendo: "Me gusta tu boca y cómo me miras por encima del vaso cuando tomas cerveza", y ella estaba diciendo:"Tengo mis debilidades ocasionales, y yo creo que tú puedes ser una de ellas, ¿y entonces?".

Él había notado aquel tipo de comunión anteriormente. De tanto en tanto, cuando era más joven, resultaba que no era unilateral del todo. La notaba menos a menudo en estos días, y cuando lo hacía tendía a rebajarla a ilusión sin fundamento real. Pronto se encontraría en ridículo por imaginar que era objeto del deseo de aquella mujer, que a fin de cuentas tan sólo se estaba relajando después de un largo y cálido día  y disfrutando -juguetonamente, eso seguro- con el interés que él no podía ocultar.

Así fue como lo vio más adelante, después de que hubiera cierto espacio para pensar en ello de un modo natural. Pero en aquel instante no tenía duda de que él constituía la debilidad ocasional de la mujer, de que si se levantara y se quitara las gafas ella le sonreiría y diría: "Sí, ¿y entonces?". No tenía duda de que si rodeaba aquella mesa ella se pondría de pie y le recibiría con aquella boca de aspecto tan vicioso, luego se dejaría caer con él al suelo, encima de aquella hermosa alfombra de Bokhara, con la mano en su cinturón, el aliento en su oreja. "¡Ah, mi legionario!"                                                          
¡Y por qué no! Los dos eran realistas, detestaban la ópera, sabían lo que les esperaba dentro de veinte, treinta años, si no mañana. ¿Por qué no se libraban de la ropa y se acercaban el uno al otro y hacían el amor?; no hacían el amor: ¡follaban! Follaban como campeones a la vista  de cielo y tierra, sólo porque querían, sin un pensamiento dentro de la cabeza aparte de ¡sí sí sí!
                                                    
Todo lo que tenía que hacer era quitarse las gafas y ponerse de pie. Entonces, ¿por qué no lo hacía? Por todo tipo de razones, sin duda: una prolongada costumbre de ser fiel, si no virtud auténtica; la confianza absoluta de sus hijos; puede que incluso una sensación infantil de ser observado por Dios, en el que creía con pereza. Cualquiera de esas cosas podría estar activa por debajo del horizonte de su consciencia. De lo que era consciente, en aquel mismo momento, era de la irritación que le provocaba encontrarse jugando a algo que le desagradaba: el juego de Freud. ¡Freud! ¿Por qué tenía que ponerse a pensar en él? Era como si pudiera ver al sabelotodo vienés acariciándose la barba con petulancia al apreciar el papel que estaba desempeñando él en aquel abandono a Eros para borrar el miedo a la muerte. El hombre tenía una explicación para todo haría su agosto con aquella lujuria funeraria, con el profundo placer que hallaba él en tomar una copa junto a la playa, a la luz del sol y con el sonido de las olas, en huir del apartamento de su madre de noche cerrada para recorrer Collins Avenue en un coche deportivo rojo y contemplar a las chicas con sus ceñidos vestidos y tacones altísimos, que se tambaleaban cuando iban de club en club.

Es decir, tenía una imagen de sí mismo personificando los clichés más gastados y degradantes. Eso le ofendió. Eso le dejó frío. Terminó su cerveza, agradeció a la mujer el tiempo que le había dedicado, y le estrechó la mano a la puerta del despacho. Insistió en salir solo para así no tenerla a su espalda, viéndole cruzar el aparcamiento vacío hacia el resplandeciente, ridículo Miata.   
                                                      
Cuando llegó al apartamento de su madre oyó voces altas que hablaban en español. La puerta estaba abierta. "No -pensó- ¡no mientras yo esté fuera!".Pero encontró que seguía viva; no moriría hasta avanzada aquella noche, mientras él había bajado a la calle a tomar un plato de plátanos fritos. En aquel momento se agitaba débilmente adelante y atrás entre Feliz, que le miró con frialdad,  y una mujer mayor que se llamaba Rosa. Su madre gritaba la misma palabra:
   -¡Papá!¡Papá!
  Tenía los ojos abiertos pero no veía. Rosa trataba de calmarla con una cancioncilla extranjera mientras Feliz intentaba agarrarle las manos.
   -¡Papá!
   -Aquí está -dijo Rosa-.Su padre está aquí.
   -¡Papá!
   Rosa alzó la vista hacia él rogando.
   -Aquí estoy- confirmó él, y ella se dejó caer y le miró. Él ocupó el sitio de Feliz a su lado en la cama y le acarició las manos. Estaba reducida a huesos.
   -¿Papá?
   -Va todo bien. Aquí estoy.
   -¿Dónde estabas?
   -Trabajando.

La habitación estaba en penumbra. Las dos mujeres se movían como sombras a sus espaldas. Oyó cerrarse el picaporte de la puerta.
   -Estaba sola.
   -Lo sé. Ahora todo está bien.
Los dedos de ella apretaron los suyos.
Ya no sabía cómo ser hijo, pero todavía sabía cómo ser padre. Le agarró la mano con las dos suyas.
   -Todo está bien cariño. Todo va a ir bien. Eres mi niñita, mi flor, mi pequeña.
   -Papá -susurró ella-. Estás aquí.



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TOBIAS WOLFF, Aquí empieza nuestra historia, Alfaguara, 2009