"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

martes, 27 de septiembre de 2016

¿Leer a Franz Kafka nos hace más inteligentes?




En 1919  se publicaron catorce narraciones breves de Franz Kafka  bajo el título  Un médico rural. Estaban  escritas con el lirismo seco, la ironía y el humor soterrados pero evidentes de su estilo conciso y exacto y usando simultáneamente distintos grados de realidad. 
Son historias alucinadas con  la perturbadora lógica de los sueños   que no parece pudieran ser  del agrado del severo progenitor, tal como nos lo hizo imaginar.  Por ello sorprende la dedicatoria: "A mi padre", el mismo año que escribe Carta al padre tan llena de reproches y amargura.
Como si Kafka pretendiera dilatar las capacidades cognitivas paternas para ser mejor comprendido, adelantándose a las universidades de California en Santa Bárbara y a la Británica de Columbia que, como publicó la prensa en su día,  tras una investigación rigurosa encontraron que la lectura de Un médico rural volvía más inteligentes a los lectores. Porque "cuando estamos expuestos a algo que básicamente no tiene sentido nuestro cerebro va a responder en busca de otro tipo de estructura". 
                                         La Razón,20 mayo 2010:
                                         Por qué leer a Kafka te hace más inteligente


Egon Schiele, h 1917


Un médico rural

Me hallaba en un gran aprieto:tenía que hacer un viaje urgente; un enfermo grave me esperaba en una aldea a diez millas de distancia; una fuerte tempestad de nieve llenaba el amplio espacio que mediaba entre él y yo; disponía de un coche ligero de grandes ruedas, exactamente idóneo para nuestras carreteras comarcales; enfundado en mi abrigo de piel,con el maletín de instrumentos en la mano, me hallaba listo para partir, en el patio;pero el caballo faltaba, el caballo. El mío había muerto la noche anterior debido al esfuerzo excesivo desplegado aquel gélido invierno; mi criada recorría ahora la aldea para conseguir un caballo prestado; pero no había esperanzas , yo lo sabía, y cada vez más agobiado por la nieve, cada vez más inmovilizado, aguardaba allí inútilmente.
En el portón apareció la muchacha, sola, y agitó la linterna; claro está ¿quién iba aprestar su caballo a esa hora para semejante viaje? Volví a atravesar el patio; no veía salida alguna; distraído, atormentado, golpeé con el pie la desvencijada puerta de la pocilga, que no se utilizaba desde hacía años. Se abrió y tableteó girando en sus goznes. Escapó una vaharada  de calor y cierto olor a caballo. Una débil linterna de establo oscilaba dentro, colgada de una cuerda. Un hombre acurrucado en el pequeño cobertizo mostró su rostro despejado, de ojos azules. "¿Quiere que enganche los caballos?", preguntó saliendo a gatas. Yo no supe qué decir y me incliné para ver que más había en el establo.La criada estaba de pie a mi lado. "Uno nunca sabe qué cosas tiene en su propia casa", dijo,y los dos nos reímos. "¡Hola, hermano; hola, hermana!", dijo el mozo de cuadra, y dos caballos, dos poderosos animales de potentes flancos, agachando como camellos las bien formadas cabezas, con las patas muy pegadas al cuerpo, salieron uno tras otro impulsados por la sola fuerza  de las ondulaciones de su tronco a través del vano de la puerta, que llenaron por completo.Y en el acto se irguieron sobre sus largas patas, exhalando un vapor denso de sus cuerpos. "Ayúdalo", dije, y la dócil muchacha se apresuró a alcanzar al mozo el atelaje del coche. pero en cuanto llega a su lado, el mozo la abraza y pega su cara a la de ella. La joven lanza un grito y busca refugio a mi lado; en la mejilla tiene dos hileras de dientes marcadas en rojo."¡Animal!", grito yo enfurecido, "¿quieres látigo?", pero en seguida recuerdo que es un extraño, que no sé de dónde viene y que me está prestando su ayuda espontáneamente cuando todos los demás me fallan. Como si leyera mis pensamientos, no me toma a mal la amenaza, sino que , sin dejar de ocuparse de los caballos, se vuelve una sola vez hacia mí."Suba", dice luego, y, en efecto, todo está listo. Me doy cuenta de que nunca he viajado en un tiro más hermosos y me subo muy contento. "Pero yo conduciré, tú no conoces el camino", digo. "Por supuesto", dice él, "yo no iré con usted, me quedaré con Rosa." "No", grita Rosa y se precipita hacia la casa con presentimiento cierto de la ineluctabilidad de su destino, oigo tintinear la cadena de la puerta, que ella echa; oigo el clic de la cerradura; veo cómo además  va apagando todas las luces del vestíbulo y las habitaciones para hacerse ilocalizable. "Tú vienes conmigo",le digo al mozo, " o renuncio al viaje, por muy urgente que sea. No pienso pagarlo dejándote la muchacha a cambio." "¡Arre!", dice él dando una palmada; el coche es arrastrado como un tronco en la corriente; aún oigo como la puerta de mi casa cede y se astilla bajo la embestida del mozo, luego mis ojos y oídos se llenan de un zumbido que invade uniformemente todos mis sentidos. pero esto también dura solo un instante, pues como si el patio de mi enfermo se abriese justo ante el portón de mi patio, ya estoy ahí; quietos se quedan los caballos; la nevada ha cesado; la luz de luna alrededor; los padres del enfermo salen precipitadamente de la casa; la hermana los sigue;me bajan casi en volandas del coche; no saco nada en claro de sus confusos parlamentos; en la habitación del enfermo el aire es irrespirable; la estufa descuidada humea; voy a abrir la ventana; pero antes quiero ver al enfermo.
                                                                Dibujos de Kafka
Enjuto, sin fiebre, ni frío ni caliente, vacíos los ojos, sin camisa, el joven se incorpora bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído: "Doctor, déjeme morir".Miro a mi alrededor; nadie lo ha oído; los padres, mudos e inclinados hacia adelante, aguardan mi dictamen; la hermana ha acercado una silla par mi maletín. Abro el maletín y hurgo entre mis instrumentos; desde la cama, el joven no para de tender las manos hacia mí para recordarme su petición; yo cojo unas pinzas, las examino a la luz de la vela y vuelvo a guardarlas. "Sí", pienso blasfemando, "los dioses ayudan en casos semejantes, envían el caballo que falta, dada la prisa añaden incluso un segundo caballo,y, por si fuera poco, conceden también un mozo de cuadra." Solo entonces vuelvo a pensar en Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo sacarla de debajo de ese mozo de cuadra estando a diez millas de ella, con unos caballos indómitos enganchados a mi coche? Y ahora esos caballos, que de algún modo han aflojado las riendas, de golpe abren desde fuera, no sé cómo, las ventanas, mete cada uno la cabeza por una, y observan al enfermo, impertérritos ante el griterío de la familia. "Regresaré ahora mismo", pienso,como si los caballo me invitasen a viajar, pero permito que la hermana que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de piel. Me preparan una copa de ron, el viejo meda palmaditas en el hombro, como si el ofrecimiento de su tesoro justificara esa familiaridad. Yo niego con la cabeza; las pocas luces del anciano hacen que me sienta mal; solo por esa razón rechazo la bebida. La madre está junto a la cama y me atrae hacia allí; yo obedezco, y mientras uno de los caballos lanza un fuerte relincho hacia el techo de la habitación, pego la cabeza la pecho del muchacho, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que sabía: el muchacho está sano, con la irrigación sanguínea algo mala, saturado de café por su solícita madre, pero sano, y lo mejor sería sacarlo de la cama de un empujón. Como no aspiro a reformar el género humano, lo dejo ahí echado. He sido contratado por la autoridad del distrito y cumplo con mi deber hasta el límite, hasta un extremo casi excesivo. Aunque mal pagado, soy generoso y trato de ayudar a los pobres. Todavía he de ocuparme de Rosa, y puede que el joven tenga razón y también yo quiera morir. ¿Qué hago aquí, en este invierno interminable? Mi caballo reventó, y en el pueblo no hay nadie que me preste el suyo. He de sacar mi tiro de la pocilga; si por casualidad no fueran caballos, tendría que enganchar cerdos. Así es. Y con la cabeza hago una señal a la familia. No saben nada de todo esto, y si lo supieran , no se lo creerían.Escribir recetas es fácil, pero entenderse con la gente es en general difícil. Pues bien, mi visita ha llegado a su fin; una vez más me han vuelto a molestar inútilmente, ya estoy acostumbrado, con ayuda de mi campanilla de noche el distrito entero me martiriza, pero el que esta vez haya debido, además, sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que ha vivido años en mi casa sin que yo la prestara casi atención...es un sacrificio demasiado grande, y de algún modo tendré que emplear toda suerte de argucias para de momento asimilarlo, para no arremeter contra esta familia, que ni con la mejor buena voluntad podrá devolverme a Rosa. Pero cuando cierro el maletín y hago un gesto para que me alcancen mi abrigo de piel mientras la familia está reunida, el padre olisqueando la copa de ron que tiene en la mano, la madre bañada en lágrimas y mordiéndose los labios, probablemente decepcionada por mí -¿qué espera en el fondo la gente?-, y la hermana agitando una toalla ensangrentada, de algún modo estoy dispuesto a admitir, si fuera necesario,que el joven acaso esté enfermo. Me acerco a él, me sonríe -¡ah!, ahora relinchan los caballos; en las altas esferas deben haber decretado, sin duda, que el ruido facilita el reconocimiento médico-, y me doy cuenta, ahora sí, de que el muchacho está enfermo. En su costado derecho, en la zona de la cadera, se ha abierto una herida grande como la palma de la mano. Rosada, con muchos matices, oscura en lo más profundo, más clara hacia los bordes, suavemente granulada, con la sangre distribuida irregularmente, abierta como una mina en pleno día. Tal es su aspecto a distancia. De cerca aparece una nueva complicación. ¿Quién podría mirarla sin dejar escapar un silbido? Unos gusanos del largo y grosor de mi dedo meñique, rosados de por sí y salpicados además de sangre, se retuercen  en el interior de la herida, buscando la luz con sus cabecitas blancas y un sinnúmero de patitas. Pobre muchacho, ya nada puede hacerse. He descubierto tu gran herida; esta flor en tu costado acabará contigo. La familia está feliz, me ve en acción; la hermana se lo dice a la madre, la madre al padre, el padre a algunos invitados que, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos, entran de puntilla por el claro de luna de la puerta abierta. 
                                                                   
"¿Me salvarás?", susurra el joven sollozando, totalmente deslumbrado por la vida de su herida.Así son las gentes de mi comarca. Exigen siempre lo imposible al médico. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en casa y deshilacha una tras otra las casullas; pero el médico ha de conseguirlo todo con su tierna mano quirúrgica. Bueno, como queráis: no soy yo quien se ha ofrecido; si me utilizáis con fines sagrados, también lo consentiré; ¡qué más querría yo, viejo médico rural al que han arrebatado su criada!Y entonces vienen la familia y los ancianos del pueblo y me desvisten; un coro escolar con el maestro a la cabeza se instala ante la casa y canta una melodía sumamente sencilla con la siguiente letra: 
¡Desnudadlo y curará,/y si no cura matadlo!/ Solo es un médico, un médico nada más. 
Ya estoy desvestido, y con los dedos en la barba y la cabeza gacha, observo muy tranquilo a la gente. Estoy completamente sereno, con pleno dominio de la situación, y así permanezco, pero de nada me sirve, pues ahora me cogen por la cabeza y los pies y me llevan a la cama. Me acuestan contra la pared, al costado de la herida. Luego salen todos de la habitación; la puerta se cierra; el canto enmudece; unas nubes cubren la luna; la ropa de cama me envuelve cálidamente; como sombras oscilan las cabezas de los caballos en el vano de las ventanas. "¿Sabes?", oigo que me dicen al oído, "tengo poca confianza en ti. A ti también te han arrojado aquí desde algún sitio, no has venido por tu propio pie. En vez de ayudarme, estrechas todavía más mi lecho de muerte. Me encantaría arrancarte los ojos." "Así es", digo yo, "es una ignominia. Pero resulta que soy médico. ¿Qué puedo hacer? Créeme, yo tampoco lo tengo fácil." "¿Y quieres que me conforme con esta disculpa? ¡Ah, me temo que sí! Siempre debo conformarme. Con una hermosa herida vine al mundo:esa fue toda mi dote." "Joven amigo, digo yo, "tu fallo es no tener una visión de conjunto. Yo, que he estado en habitaciones de enfermos en varias leguas a la redonda, te digo: tu herida no es tan mala. Te la hicieron con dos golpes de azadón en ángulo agudo. Muchos ofrecen el costado y apenas si oyen el azadón en el monte, y menos aún cuando se les acerca." "¿Es realmente así o me engañas en el delirio de la fiebre?" "Así es realmente, acepta la palabra de honor de un médico oficial". Y guardando silencio la aceptó.Pero ya era hora de pensar en mi salvación. Los caballos aún seguían fielmente en sus puestos. En un instante recogí la ropa, , el abrigo de piel y el maletín; no quise perder tiempo vistiéndome; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría en cierto modo de esta cama a la mía. Obediente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el fardo al carruaje; el abrigo de piel voló demasiado lejos, quedó sujeto a un gancho solo por las mangas. Suficiente. Monté de un salto a uno de los caballos: las riendas sueltas, un caballo apenas enganchado al otro, el carruaje detrás dando tumbos, y, por ultimo, el abrigo de piel arrastrándose sobre la nieve. "¡Arre!, dije, pero no hubo galope, lentamente, como ancianos, echamos a andar por el desierto de nieve; largo rato sonó tras de nosotros el nuevo pero errado canto de los niños: 
¡Alegraos pacientes,/ os han metido al médico en la cama! 
A este paso nunca llegaré a casa; mi floreciente consulta está perdida; un sucesor me roba, pero en vano, pues no puede sustituirme; en mi casa el repugnante mozo de cuadra hace estragos; Rosa es su víctima; no quiero ni pensarlo. Desnudo, expuesto a la helada de esta época aciaga, con un carruaje terrenal y unos caballos no terrenales, vago por los campos, yo, un hombre viejo.Mi abrigo de piel cuelga detrás del carruaje, pero no puedo alcanzarlo y nadie entre la turba movediza de los pacientes mueve un dedo. ¡Engañado!¡Engañado! Una vez que se ha seguido la falsa llamada de la campanilla nocturna...ya nada puede hacerse.


Franz Kafka, Narraciones y otros escritos, Galaxia Gutenberg,2003