"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

***Anton Chéjov según Natalia Ginzburg y Vasili Grossman

viernes, 18 de mayo de 2018

Anton Chéjov y "El violín de Rothschild"


Releer a Sergio Pitol tras su reciente desaparición,conduce directamente a Anton Chéjov. Las páginas que le dedicó en varios de sus libros, -junto con las que escribió Thomas Mann, en los últimos años-, iluminan como pocas  sus insondables relatos y   prodigioso teatro. 
También Chéjov era el autor preferido de Dimitri Shostakovich y  a  S. Volkov le confesaba:"Siempre quedo sacudido cuando releo "El violín de Rothschild" y ese fue el relato que sugirió a su discípulo Benjamin Fleischmann como  tema para su primera composición. 
El joven músico  pertenecía a una familia de origen judío, de músicos aficionados que completaban sus escasos ingresos actuando como orquestina en casamientos y entierros...  Fleichsmann   murió en 1941, a los veintiocho años durante  la defensa de Leningrado sin completar la partitura  y  fue Shostakovich quien la terminó  y realizó  su orquestación.
                                 
  Imagen relacionada
                                     Marc Chagall, h1908/ músicas  de bodas y funerales.
Estas pinturas son anteriores a la marcha de Chagall a París,1910. León Bakst, su tutor, le dasaconsejaba el viaje por considerar que su  ingenuidad no  le permitiría  sobrevivir, fisicamente, en medio de la bohemia parisina. Pero Chagall que no murió de hambre como temía Bakst, aunque pasó bastante, incorporó lo que quiso de las vanguardias,y siguió fiel a un lirismo cada vez más puro, casi musical, que  ya afloraba en su primitiva fase expresionista, y a un surrealismo -antes del Surrealismo- que se manifestó tempranamente en un humor sutil y la  densidad onírica  de sus representaciones y que impregnaría posteriormente "Mi vida", su  preciosa autobiografía.
         


El violín de Rothschild

El pueblecillo era pequeño, peor que una aldea. Y los que en él vivían eran casi todos ancianos que morían tan de tarde en tarde que aquello resultaba enfadoso.En el hospital y la cárcel se necesitaban muy pocos ataúdes. Total, que el negocio iba muy mal. Si Yakov Ivanov hubiese sido fabricante de ataúdes en la capital del distrito ya tendría probablemente casa propia y le llamarían Yakov Matveich; pero en ese pueblecillo le llamaban sencillamente Yakov y, no se sabe por qué, le habían puesto el apodo de Bronce. Vivía tan pobremente como un campesino, en una cabaña pequeña y vieja de una sola habitación, en la que se apretujaban él, Marfa, la estufa, una cama de matrimonio, los ataúdes, el banco de taller y todos los enseres domésticos.
Los ataúdes que Yakov hacía rean vistosos y de buena calidad. Para los campesinos y la gente del pueblo los hacía midiéndose a sí mismo, sin equivocase nunca, ya que, aunque tenía setenta años, no había en le pueblo ni en la cárcel nadie más alto ni más robusto que él. Para los señores y las mujeres los hacía a medida, usando para tal fin una vara de metal.Si se le encargaban ataúdes para niños los hacía de mala gana, sin tomar medida, desdeñosamente, y cuando le pagaban por ese trabajo solía decir:
-Confieso que no me gusta malgastar el tiempo en fruslerías.Además de lo que cobraba por su trabajo de carpintería, ganaba también algún dinerillo tocando el violín. Había en el pueblo una orquesta judía que de ordinario tocaba en las bodas, dirigida por el hojalatero Shahkes, quien se quedaba con más de la mitad de los ingresos. Como Yakov tocaba muy bien el violín, especialmente canciones rusas, Shahkes le pedía de vez en cuando que tocara en su orquesta a razón de cincuenta kopeks al día, sin contar las propinas que pudieran darle los invitados. Cuando Bronce tomaba su asiento en la orquesta lo primero que le ocurría era que se le enrojecía la cara y se le cubría de sudor; hacía calor,olía a ajo hasta el extremo de causar sofoco; el violín empezaba a chirriar, el contrabajo gruñía junto a su oído derecho y la flauta gemía contra el izquierdo. La flauta la tocaba un judío flaco, de pelo rojizo, con toda una red de venas rojas y azules en la cara, quien tenía por nombre el de un famoso ricachón: Rothschild. Y ese condenado judío siempre se las ingeniaba para dar un tono triste a las canciones más alegres. Sin motivo aparente Yakov empezó poco a poco a sentir odio y desprecio por los judíos, en particular por Rothschild. Reñía con él, le insultaba con palabrotas y hasta trató en una ocasión de pegarle, pero Rothschild se ofendió y dijo mirándole ferozmente:-Si no le respetase por su talento musical le habría tirado por la ventana hace mucho tiempo.Y luego rompió a llorar. Por esta causa dejaron de llamar a Yakov para que tocara en la orquesta tan a menudo como antes lo hacía sólo cuando fallaba alguno de los judíos y no tenían más remedio que recurrir a él. 
Yacov nunca estaba de buen humor porque de continuo tenía que afrontar las pérdidas más horribles. Por ejemplo, era pecado trabajar en domingo o día festivo, el lunes era de mal agüero; de modo que en el año había unos doscientos días en que, mal que le pesase, tenía que estar mano sobre mano.¡Y menuda pérdida lo que eso suponía!Si alguien del pueblo tenía una boda sin música, o si Shahkes no le, invitaba a tocar, eso también era un pérdida.El inspector de policía había estado enfermo de tisis durante dos años, y Yakov había esperado impaciente que se muriera, pero el inspector fue a curarse a la capital de la provincia y había muerto allí. He ahí otra pérdida de por lo menos diez rublos, ya que el ataúd hubiera sido de los caros, con forro de brocado. La consideración de sus pérdidas atormentaba a Yakov sobre todo de noche; ponía el violín a su lado de la cama y cuando una de esas ideas fastidiosas le hurgaba el magín pulsaba las cuerdas, el violín producía un sonido en la oscuridad y Yakov se sentía aliviado.
El seis de mayo del año pasado Marfa se sintió de repente enferma. La vieja respiraba con dificultad, tenía mucha sed y se tambaleaba al andar; no obstante ella misma encendió la estufa esa mañana y hasta fue por agua. Al anochecer se acostó. Yakov estuvo tocando el violín todo el día. Cuando oscureció por completo tomó el cuaderno en que a diario apuntaba sus pérdidas y, no teniendo otra cosa mejor que hacer,se puso a sumar las de ese año.Ascendían a más de mil rublos. Tanto le perturbó este descubrimiento que tiró el cuaderno al suelo y lo pisoteó. Luego lo recogió y estuvo sacudiéndolo largo rato, entre hondos y prolongados suspiros. Tenía la cara amoratada y húmeda de sudor. Pensaba que si esos mil rublos que había perdido los hubiera tenido en le banco, le habrían producido como mínimo cuarenta rublos de interés al cabo del año.Así , pues, esos cuarenta rublos representaban también una pérdida. En resumen, que dondequiera que miraba sólo hallaba pérdidas y más pérdidas.
-¡Yacov! -exclamó María inesperadamente- ¡Me estoy muriendo!Se volvió para mirar a su esposa. El rostro de ella enrojecido por la fiebre, parecía insólitamente animado y gozoso. Bronce, habituado como estaba a verlo pálido, tímido y triste, quedó desconcertado. Le parecía como si ella hubiese muerto y estuviese contenta de abandonar por fin la cabaña, los ataúdes y al propio Yakov.  Miraba el techo, moviendo los labios, con una expresión de gozo, como si estuviera viendo a la Muerte, su liberadora y conversando con ella.Había llegado el amanecer y por la ventana se veía el cielo teñido con los colores del alba. Por algún motivo desconocido Yakov recordó,mirando ala vieja, que al parecer nunca le había hecho una caricia, nunca se había compadecido de ella, nunca había pensado en comprarle un pañuelo o en traerle algún dulce de las bodas. Por el contrario, sólo le había gritado, la había reñido por lo de las pérdidas y la había amenazado con el puño en alto; cierto que nunca le había puesto la mano encima, pero sí la había asustado, y cada vez que la reñía la dejaba paralizada de terror.Sí, y no le había permitido tomar el té porque bien claro estaba que sus gastos eran cuantiosos, por lo que ella había tenido que contentarse con beber agua caliente. Y ahora comprendía por qué la cara de ella tenía esa extraña expresión de gozo. Y aquello le colmó de espanto.
Tan pronto como se hizo de día pidió prestado un caballo a un vecino y llevó a Marfa al hospital. Como no había allí muchos enfermos no tuvo que esperar largo rato, sólo unas tres horas. Con gran contento suyo, no era el médico el que recibía a los enfermos ese día, sino el practicante,Maksim Nicolaich, un viejo de quien toda la ciudad decía que, aunque borrachín y pendenciero, sabía más que el médico.
-Buenos días , señor dijo Yakov entrando con su vieja en la consulta-.Perdone, Maksim Nikolaich, que le molestemos con estas cosillas. Como puede ver, este sujeto ha caído enfermo.O, como se dice, la compañera de mi vida, si me permite usted la expresión...Frunciendo las cejas grises y alisándose las patillas, el practicante clavó la mirada en la vieja, quien toda encogida estaba sentada en un taburete. Con su cara enjuta, nariz larga y boca abierta se parecía en su perfil a un pájaro sediento.
-Pues...sí...-dijo el practicante pausadamente y dando un suspiro-. Es un caso de gripe y quizá con fiebre. Hay ahora tifus en la ciudad .¿Qué hay que hacer? Gracias a dios la vieja ya ha tenido una larga vida...¿Qué edad tiene?-Le falta un año para los setenta, Maksim Nikolaich.-Vaya, pues sí que ha vivido. Ya es hora de que acaben las cosas.-Tiene usted razón en lo que dice, Maksim Nokolaich- dijo Yakov sonriendo por cortesía-.Y le agradezco su amabilidad, pero permítame indicarle que hasta un insecto quiere vivir.-Eso nada tiene que ver -replicó el practicante, como si de él dependiese el que la vieja viviera o no-. Bueno, amigo, oye lo que te digo: Ponle una compresa fría alrededor de la cabeza y dale de estos polvos dos veces al día. Y ahora vete con Dios.Bon jour.

Por la expresión de la cara del practicante Yakov coligó que ya era demasiado tarde para polvos; para él estaba claro que Marfa moriría muy pronto, si no ese día, el siguiente. Tocó ligeramente el codo del practicante, guiñó los ojos y dijo con voz queda:-Convendría ponerle unas ventosas, Maksim Nikolaich.-No tengo tiempo, no tengo tiempo, amigo.Váyanse con Dios, usted y su vieja. Hasta la vista.-Hágame ese favor -imploró Yakov-.Bien sabe usted que si, pongamos por caso, ella padeciese del estómago o de otro órgano interno, los polvos y las gotas podrían curarla. Pero lo que tiene es un resfriado. Y para un resfriado, Maksim Nikolaich, lo primero que hay que hacer es sangrar al enfermo.Pero el practicante había llamado ya al enfermo siguiente y en la sala de espera había entrado una campesina con un niño pequeño.-¡Váyase, váyase!...-dijo el practicante a Yakov frunciendo el ceño-. No hay nada más que hacer.-Pues entonces póngale al menos unas sanguijuelas.Rezaré por usted eternamente.El practicante, furioso, rugió:-¡Ni una palabra más, zopenco!...Yakov también perdió los estribos y se puso rojo como un tomate, pero no dijo una palabra más, agarró del brazo a Marfa y la sacó de la habitación. Sólo cuando ya estaban en el carro lanzó al hospital una mirada adusta y despreciativa y dijo:-¡Vaya con estos artistas! A un hombre rico sí que lo sangraría pero a un pobre ni una sanguijuela.¡Tío bruto!
                                   
Al llegar a casa, Marfa estuvo durante unos diez minutos apoyada en la estufa. Temía que , si se acostaba, Yakov empezaría a hablar de pérdidas y a regañarla por quedarse en la cama y no trabajar. Y Yakov la miraba con fastidio y se acordaba de que el día siguiente era el día de San Juan Bautista, el otro el de San Nicolás milagrero, el siguiente era domingo, y luego lunes, día de mal agüero. No se podría trabajar durante cuatro días, y Marfa de seguro moriría en uno de ellos; así pues tenía que hacer el ataúd ese mismo día. Tomó su vara de medir metálica, se acercó a la vieja y la midió. Después de eso, ella se acostó, él se santiguó y empezó a hacer el ataúd.Cuando quedó terminado el trabajo, Bronce se puso los anteojos y escribió en su librillo:"El ataúd de Marfa Ivanovna: 2 rublos 40 kopeks".Y suspiró. Durante todo ese tiempo su mujer estuvo acostada, sin hablar y con los ojos cerrados. Pero al anochecer, cuando ya oscurecía,llamó de pronto a su marido:-¿Te acuerdas, Yakov? -preguntó mirándolo con gozo-.¿Te acuerdas de que hace cincuenta años nos dio Dios un niño de pelo rubio?Tú y yo nos sentábamos entonces a la orilla del río y cantábamos canciones debajo del sauce.-Y riendo amargamente agregó:"El niño murió".Yakov trató de hacer memoria pero no pudo recordar en absoluto nada del niño o del sauce.-Ésas son imaginaciones tuyas -dijo.Llegó el sacerdote, quien administró al enferma los sacramentos y la extremaunción. Marfa empezó a murmurar algo ininteligible y cunado ya despuntaba la mañana murió.Las vecinas viejas lavaron y amortajaron el cuerpo y lo pusieron en el ataúd. Para no tener que pagar al diácono, el propio Yakov leyó los salmos. Tampoco tuvo que pagar los honorarios del cementerio, porque el guardián de éste era compadre suyo. Cuatro campesinos llevaron el ataúd al camposanto sin cobrar nada, por respeto a la difunta.  Tras el ataúd iban unas viejas, unos mendigos y dos tullidos.Las personas que se encontraban en el camino se santiguaban piadosamente...Y Yakov quedó muy contento de que todo se hubiera hecho de manera tan honrosa, decente y barata, sin ofender a nadie. Cuando dijo su último adiós a Marfa tocó el ataúd con la mano y pensó:"Excelente trabajo".Pero volviendo del cementerio le acosó una fuerte congoja. Sintióse  mal, respiraba febril y penosamente, le flaqueaban las piernas y ansiaba beber algo. Por añadidura, le revoloteaban en la cabeza un sinfín de pensamientos.Volvió a recordar que jamás en su vida había tenido lástima de Marfa o le había hecho una caricia. Los cincuenta y dos años que habían estado viviendo juntos en una cabaña se alargaban hacia atrás indefinidamente, pero durante ese tiempo no había pensado en ella una sola vez  ni le había hecho el menor caso, como si la pobre mujer hubiera sido un pero o un gato.Y, sin embargo, ella había encendido la estufa todos los días, había guisado y cocido, ido por agua, cortado leña, dormido con él en la misma cama; y cunado él había vuelto borracho de alguna boda ella había colgado respetuosamente el violín en la pared y metido al marido en la cama, todo ello en silencio, con cara preocupada y tímida.
                                       Al encuentro de Yakov, sonriendo e inclinándose, venía Rothschild.-Vengo en su busca,tío -dijo-.Moisei Ilich le manda saludos y desea que vaya usted a verle enseguida.Yakov no esperaba tal cosa. Tenía ganas de llorar.-¡Largo de aquí! -exclamó, prosiguiendo su camino.-¿Pero qué es eso?-preguntó Rothschild alarmado, corriendo tras él-.¡Moisei Ilich se va a enfadar!¡quiere que vaya usted a verle enseguida!A Yakov le causaban asco el jadear y guiñar de ojos del judío y las monstruosas manchas rojizas que tenía en la cara. También le repugnaba mirar su levita verde llena de remiendos y toda su figura escuálida y frágil.-¿A qué vienes tras de mí, diente de ajo?-gritó Yakov-. ¡Déjame en paz!El judío también se sulfuró y gritó:-¡Si no baja usted de tono le tiro por encima de la valla!-¡Quítate de delante! -rugió Yakov, yendo hacia él con los puños cerrados-.¡No hay quien pueda aguantar a los judíos!Rothschild quedó paralizado por el terror. Se agachó y alzó las manos por encima de la cabeza como para protegerse de los golpes; luego se levantó de un brinco y salió de allí a escape. Cuando corría iba dando saltos y manoteando el aire, mostrando cómo se retorcía su largo y descarnado espinazo. A los chicuelos de la calle les divertía el incidente y corrían gritando "¡judío, judío!". También los perros iban fueron en su seguimiento ladrando a más y mejor. Alguien soltó una carcajada y después lanzó un silbido, con lo que los perros renovaron los ladridos con más brío y estrépito que nunca...Luego, por lo visto, un perro mordió a Rothschild porque se oyó un grito de congoja y desesperación.
Yakov cruzó el prado comunal y fue sorteando las afueras del pueblo sin rumbo fijo,mientras los chicuelos gritaban "¡que viene Bronce, que viene Bronce!". Se halló junto al río. Por allí, revoloteando, chillaban las agachadizas y graznaban los patos. El sol brillaba intensamente y el agua espejeaba tanto que era penoso mirarla. Yakov se internó por una vereda que corría a lo largo de la orilla y vio a una señora gorda, de mejillas coloradas, que salía de la caseta de baños."Vaya nutria", dijo para sí. No lejos de la caseta unos chicos pescaban cangrejos usando trozos de carne como cebo. Al verle empezaron a gritar maliciosamente "¡Bronce, Bronce!". Pero he aquí que ante él se levantaba un viejo y frondoso sauce, de tronco enorme y con un nido de cornejas entre las ramas...Y de pronto surgió en la memoria de Yakov , como algo lleno de vida, el niño de rizos dorados y el sauce de que había hablado Marfa. Sí, este era el mismísimo árbol,verde, inmóvil y triste.¡Cómo había envejecido, el pobre!Se sentó al pie del mismo y se entregó a sus recuerdos. En la orilla opuesta,donde ahora había un prado que a veces se inundaba,había existido en años anteriores un bosque de robustos abedules y aquel cerro pelado que se divisaba en el horizonte había estado cubierto por un viejo pinar. Por el río pasaban entonces barcazas, pero ahora todo aquello estaba pelado, liso y en la orilla sólo se veía un abedul solitario, joven y garboso, como una muchacha, en tanto que por el río sólo transitaban patos y gansos. Era difícil creer que por allí habían pasado barcas en otros tiempos. Yakov cerró los ojos y en su imaginación vio venir hacia él, uno tras otro, una interminable bandada de gansos blancos.Le sorprendía darse cuenta de que no había bajado al río una sola vez durante los últimos cuarenta o cincuenta años de su vida, o si había venido no se había dado cuenta de ello.La corriente era firme y bastante caudalosa; se habría podido pescar en ella y vender el pescado a los comerciantes, a los funcionarios, al cantinero de la estación, e ingresar el dinero en el banco. Habría podido ir en lancha por el río, de finca en finca, tocando el violín, y la gente de toda condición habría dado dinero por oírle. Habría podido trabajar con una lancha en el río, lo que hubiera sido más provechoso que hacer ataúdes. Por último, habría podido criar gansos, matarlos y enviarlos a Moscú en el invierno; quizá con sólo la venta de las plumas habría podido embolsarse diez rublos al año.Pero había perdido todas esas oportunidades; no había hecho nada.¡qué pérdidas!¡Ay qué pérdidas! Y si se sumaba todo ello -pescar, tocar el violín, trabajar con una lancha, criar gansos- ¡qué capitalazo hubiera reunido. Pero ni en sueños había hecho nada de eso; su vida había transcurrido sin gusto ni provecho, tonta e inútilmente. Delante de sí no quedaba nada; detrás tampoco, salvo pérdidas y pérdidas tan horribles que de sólo pensar en ellas sentía escalofríos. ¿Y por qué no puede un hombre vivir de manera que se puedan evitar tales perjuicios y pérdidas? A ver ¿por qué se talaron esos abedules y ese pinar? ¿Qué necesidad había de que estuvieran baldíos esos pastizales? ¿Por qué la gente hace siempre precisamente lo que no debe hacer?¿Por qué Yakov, durante toda su vida, había reñido, chillado, amenazado con el puño e injuriado a su mujer?Otra pregunta ¿que necesidad había habido de insultar y asustar a un judío un momento antes?¿Por qué, en general, los hombres están siempre echándose la zancadilla unos a otros? ¡pues hay que ver las pérdidas que se originan con eso!¡Pérdidas terribles! Si no fuera por el odio y la rabia los hombres podrían obtener unos de otros ganancias enormes.
                                                                                                        
                      Todo ese anochecer, toda esa noche, estuvo Yakov soñando con el niño, con el cauce, con el pescado y los gansos, con Marfa y su perfil de pájaro sediento, con el rostro pálido y lastimero de Rothschild. Unos a modo de hocicos parecían acercarse a él por todos lados, murmurándole sus pérdidas. Daba vueltas y más vueltas en la cama y se levantó cinco veces durante la noche para tocar el violín.Haciendo un esfuerzo se levantó a la mañana siguiente y fue al hospital. el mismo Maksim Nicolaich le mandó ponerse paños fríos en la cabeza y le dio unos polvos; pero, por la expresión de la cara y el tono de la voz del practicante, Yakov entendió que la cosa iba mal y que no había polvos que pudieran ayudarlo ya. Cuando volvía a casa iba pensando que de su muerte resultaría al menos una ganancia: no tendría que comer, ni beber, ni pagar impuestos, ni ofender a nadie; y como el individuo permanece en la tumba durante cientos y miles de años, la suma de ello da por resultado una ganancia colosal. Así, pues, la vida es para el hombre una pérdida, la muerte una ganancia. Esta conclusión es, por supuesto, correcta, pero también lamentable y amarga. ¿Por qué en este mundo las cosas están ordenadas de modo que la vida, que el hombre recibe tan sólo una vez, deba transcurrir sin ganancia alguna?
No lamentaba tener que morir, pero cuando al llegar a casa vio el violín se le encogió el corazón y se puso muy triste. No podía llevar consigo el violín a la tumba, por lo que éste quedaría huérfano y correría la misma suerte que los bosquecillos de sauces y pinos. Todo en este mundo acababa y seguiría acabando.Yakov salió y se sentó en el umbral de la cabaña, apretando el violín contra su pecho. Y  mientras pensaba en su vida desaprovechada y caduca empezó a tocar, sin darse cuenta de que lo que tocaba era triste y enternecedor ni de que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Y cuanto más pensaba, más triste sonaba el violín.
Rechinó un picaporte y entró Rothschild por la puerta de la valla. Cruzó audazmente la primera mitad del patio, pero al ver a Yakov hizo alto, se agachó y, seguramente de susto, empezó a hace señas con las manos,como queriendo mostrar con los dedos la hora que era.-Ven aquí, no tengas miedo -dijo Yakov con dulzura, indicándole que se aproximara-.¡Acércate!Mirando desconfiado y miedoso, Rothschild fue acercándose y se detuvo a dos o tres pasos de Yakov.-¡Por favor, no me pegue!-dijo inclinándose-.Moisei Ilich me manda otra vez. "No temas, me ha dicho, vuelve a Yakov y dile que sin él no podemos salir del paso".Hay una boda el jueves que viene...Sí...íí. El señor Shapovalov casa a su hija con un hombre de bien. Y la boda ¡huy, huy! será de postín -agregó el judío haciendo un guiño.-No puedo ir -dijo Yakov, respirando penosamente-.Estoy enfermo, muchacho.Empezó a tocar de nuevo; y las lágrimas le saltaban de los ojos al violín.Rothschild escuchaba atentamente, mirándole de soslayo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Y el miedo y la perplejidad de su cara fueron trocándose poco a poco en sufrimiento y angustia. Levantó los ojos como en un éxtasis de dolor y murmuró "¡Ah!", y las lágrimas empezaron a resbalar lentamente por sus mejillas y a caer sobre la levita verde.El resto del día lo pasó Yakov acostado y entristecido. Cuando al anochecer llegó el sacerdote para confesarle y le preguntó si no recordaba algún pecado en particular, trató de reanimar su enflaquecida memoria y vio de nuevo ante sí la cara triste de Marfa y oyó el grito desesperado del judío cuando el perro le mordió. Murmuró con un hilo de voz:-Dé mi violín a Rothschild.-Así se hará- respondió el sacerdote.
Ahora toda la gente del pueblo pregunta:-¿De dónde habrá sacado Rothschild un violín tan estupendo? ¡Lo habrá comprado, lo habrá robado, o quizá lo habrá sacado de una casa de préstamos?Hace tiempo que Rothschild ha abandonado la flauta. Ahora bien, cuando trata de reproducir lo que Yakov tocaba sentado en el umbral de la cabaña, el resultado es tan plañidero y dolorido que sus oyentes rompen a llorar y él mismo acaba por alzar los ojos y murmurar "¡Ah!".Y esta nueva canción gusta tanto en el pueblo, que los comerciantes y los funcionarios rivalizan en invitar a Rothschild a sus casas y a menudo hacen que toque esa pieza diez veces seguidas.
Marc Chagall, Mi vida
L


Anton Chéjov, El violín de Rotschild y otros relatos, Alianza Editorial.

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