"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/ Chéjov

"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjovè, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

lunes, 11 de enero de 2010

Chéjov, un cuento / El orador

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Es uno de los escritores más admirados y queridos. Con su escritura aparentemente sencilla captura y expresa la  profundidad de la vida y la belleza con  sutileza difícil de imitar. En los cuentos y en  sus obras de teatro, toma trozos de realidad y los mantiene palpitantes, fluyentes, inacabados, sin finales cerrados..., sin moralejas.Utiliza el humor   y el lirismo con la precisión del lenguaje sencillo y terso de los mejores poetas;parte de una capacidad de observación y concentración afinadas y activas  y  de una sensibilidad inusual para comprender y expresar lo humano.




Las ilustraciones son del pintor-poeta ruso Marc Chagall.



EL ORADOR (1886)


En una hermosa mañana enterraron al asesor colegiado Kirill Ivanovich Vavilonov, fallecido a resultas de dos enfermedades frecuentes en nuestra sociedad: alcoholismo y mujer rencorosa. Cuando el cortejo fúnebre se trasladaba de la iglesia al cementerio, uno de los colegas del difunto, un tal Poplavski, subió a un coche de punto y fue a toda prisa en busca de su amigo Grigori Petrovich Zapoikin, sujeto que aunque joven era ya bastante popular. Zapoikin, como ya saben muchos lectores, posee especial talento para improvisar discursos en bodas, jubileos y funerales. Puede hablar ya esté medio dormido, o en ayunas, o borracho perdido, o teniendo calentura.

Su palabra fluye tersa, pulida, abundante, como agua por cañería de desagüe; y hay más palabras desgarradoras en sus panegíricos que cucarachas en una taberna. Sus discursos son siempre largos y grandilocuentes, a tal punto que a veces, sobre todo en bodas de comerciantes, es menester recurrir a la policía para ponerles fin.
-Vengo a llevarte conmigo, chico -dijo Poplavski, encontrándole en casa-.Vístete de prisa y vamos. La ha diñado uno de nuestros colegas y estamos a punto de mandarlo al otro mundo. Así pues, es preciso decir alguna majadería para despedirle...Todos confiamos en ti. Si el muerto fuera un chisgarabís cualquiera no te molestaríamos, pero se trata de un asesor, de un pilar de la Administración como si dijéramos. No estaría nada bien enterrar a un pez gordo como él sin una oración fúnebre.

-¡Ah, conque es el asesor! -bostezó Zaipoikin-, ¿Ese borrachín?
-Sí, ese borrachín. Habrá tortitas, entremeses...y te pagarán lo que te cueste el coche.¡Andando, chico! Suelta junto a la sepultura una de tus parrafadas ciceronianas y ya verás cómo todos te lo agradecemos.
Zapokin aceptó de buena gana. Se enmarañó el pelo, puso cara triste y salió a la calle con Poplavski.
-¡Conozco a ese asesor vuestro! -dijo subiendo al coche-. Un animal y un pillo de primera categoría. ¡Dios le tenga en su santa gloria!
-Bueno, Grisha, no está bien insultar a los muertos.
-Sí, por supuesto, de mortuis nihil nisi bonum. Pero en todo casao ha sido un granuja.

Los amigos alcanzaron el cortejo fúnebre y se unieron a él. Iba tan despacio el cortejo, que en el camino al cementerio tuvieron tiempo de entrar corriendo tres veces en otras tantas tabernas y echar un trago por el descanso del alma del difunto.


En el cementerio se había leído ya la letanía. Según costumbre, la suegra, la esposa y la nuera lloraban a torrentes. Cuando depositaron el ataúd en la sepultura, la esposa llegó al extremo de gritar: "¡Dejadme ir con él!". Pero no siguió a su marido porque probablemente se acordó de la pensión. Aguardando hasta que se hubo hecho el silencio Zapoikin dio un paso adelante, paseó la mirada por los circunstantes y empezó:


-¿Podemos dar crédito a nuestros ojos y oídos? Este ataúd, estos rostros llorosos, estos sollozos, estos quejidos, ¿no son un sueño horrible? ¡Ay, no son un sueño, y esta escena no nos engaña! Aquel a quien aún no hace mucho veíamos tan intrépido y esforzado, tan pletórico de juventud y lozanía, aquel a quien hace poco tiempo veíamos ante nuestros propios ojos llevar cual abeja incansable su carga de miel a la colmena del progreso universal; aquel que...ese hombre se ha convertido en polvo, en un espejismo material. La muerte inexorable posó en él su huesuda mano en el instante mismo en que, no obstante el peso de sus años, estaba todavía rebosante de fuerza y radiante de esperanza. ¡Irreparable pérdida! ¿Con quién podemos reemplazarle? Entre nosotros no faltan excelentes funcionarios, pero Prokofi Osipych era único. Se entregaba con toda su alma a sus honradas obligaciones, no cicateaba sus fuerzas, no dormía de noche, era desinteresado e incorruptible...¡Cómo detestaba a aquellos que con los recursos seductores de la vida le incitaban a traicionar sus deberes! Sí, ante nuestros mismos ojos Prokofi Osipych distribuía sus exiguos emolumentos entre los colegas más pobres que él. Vosotros mismos habéis oído hace un instante los lamentos de viudas y huérfanos que han vivido de sus dádivas. Entregado a los deberes de sus cargo y a sus obras de caridad, no conoció las alegrías de la existencia humana. Incluso renunció a la felicidad de la vida familiar. ¡Bien sabéis que hasta el fin de sus días permaneció soltero! ¿Y quién llenará ahora el vacío que deja nuestro colega? Paréceme ver en este momento su humilde rostro rasurado vuelto hacia nosotros con bondadosa sonrisa. Paréceme oír en este instante su voz suave, llena de amigable ternura ¡Paz a tus cenizas, Prokofi Osipych! ¡Descansa, noble y honrado trabajador!

Zapoikin continuó, pero los oyentes comenzaron a murmurar entre sí. El discurso gustó a todos, provocó algunas lágrimas, pero a muchos les pareció extraño. En primer lugar no comprendían por qué el orador llamaba Prokofi Osipych al difunto cuando su verdadero nombre era Kirill Ivanovich. En segundo lugar todos sabían que éste y su mujer habían estado riñendo durante toda su vida conyugal, y por lo tanto, no se le podía llamar soltero. En tercer lugar el difunto había tenido una espesa barba roja y nunca se había afeitado; así, pues, no entendían por qué el orador había dicho que tenía la cara rasurada. Los oyentes estaban confusos, se miraban unos a otros y se encogían de hombros.

-¡Prokofi Osipych!- prosiguió el orador, mirando extático la sepultura-. No eras agraciado de rostro, más aún, se diría que eras feo. Eras sombrío y severo, pero todos nosotros sabíamos que bajo esa superficie latía un corazón honrado y afectuoso.

Pronto los oyentes empezaron a notar algo extraño en el orador mismo. Tenía la vista fija en un punto, se movía intranquilo y también empezó a encoger los hombros.De pronto guardó silencio, quedó absorto con la boca abierta y se volvió a Poplavski.
-¡Oye, ese hombre está vivo! -dijo, mirándo aterrorizado.
-¿Quién está vivo?
-¿Qué quién? ¡Prokofi Osipych! ahí lo tienes, junto a ese monumento.
-¡Pues claro! ¡Si él no es el muerto! ¡Si el muerto es Kirill Ivanovich!
-¡Pero si tú mismo me dijiste que era el asesor!
-Kirill Ivanovich era también asesor. ¡Valiente tonto! Te has confundido. Es cierto que Prokofi Osipych fue asesor, pero hace ya años que le hicieron jefe de negociado en la sección segunda.
-¡No hay demonio que os entienda!
-¿Por qué te paras? ¡Hala, sigue, que esto es violento!

Zapoikin volvióse hacia la sepultura y con la misma elocuencia de antes prosiguió el discurso interrumpido. Y, sí, junto al monumento estaba Prokofi Osipych, anciano funcionario de rostro afeitado, mirando ceñudo al orador.
-¡Pues sí que has metido la pata! -comentaron los compañeros del difunto al volver con Zapokin del entierro-. ¡Has enterrado a un hombre vivo!
-Eso no está nada bien, joven -gruñó Prokofi Osipych-.Quizá el discurso de usted hubiera sido conveniente para una difunto, pero para un hombre vivo ha sido...una broma de mal gusto.¡Sí, señor! Permita que le pregunte: ¿qué fue lo que dijo usted? Desinteresado, incorruptible, insobornable. ¡Pero si eso sólo puede decirse en broma de un hombre vivo! Y nadie, joven, le pidió a usted que se explayara sobre el tema de mis aficciones. Conque feo, ¿eh? Bien puede ser verdad, pero ¿por uqé sacar mi fisonomía a relucir ante todo el mundo? ¡Eso, señor mío, es un insulto!




CHEJOV,A.:El violín de Rothschild y otros cuentos, Alianza Editorial.