"¿Sabe usted cómo escribo yo mis cuentos? -le dijo a Korolenko, el periodista y narrador radical, cuando acababan de conocerse- Así." Echó una ojeada a la mesa -cuenta Korolenko- tomó el primer objeto que encontró, que resultó ser un cenicero, y poniéndomelo delante dijo: " Si usted quiere mañana tendrá un cuento. Se llamará El cenicero."Y en aquel mismo instante le pareció a Korolenko que aquel cenicero estaba experimentando una transformación mágica: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban empezando a cristalizar en torno al cenicero". V.NABOKOV/"Chéjov"


"¿Has visto alguna vez un montaje realmente hermoso de, digamos, "El jardín de los cerezos"? No me digas que sí. Nadie lo ha visto. Puede que hayas visto "montajes inspirados, montajes eficaces", pero nunca algo hermoso. Nunca una versión en la cual todos los que salen al escenario estén a la altura del talento de Chéjov, matiz por matiz, carácter por carácter."-J.D.Salinger

Letras Libres: 17 enero 2020 ***Feliz cumpleaños,Anton Chéjov

viernes, 15 de enero de 2021

Jesse Ball un cuento inesperado


Jesse Ball (Nueva York 1978).según la revista Granta es uno de "los mejores narradores jóvenes de Estados Unidos".Novelista y poeta, su cuento activa una catarata de imágenes y puede resultar fascinante y perturbador

 

UN SABOR A MADERA ES COMO SE DICE DIQUE UN SABOR A MADERA ES COMO SE DICE DIQUE UN SABOR A MADERA ES COMO SE                                        


1


La mujer llevaba un sombrero de papel y un traje muy sencillo pero deprimente, una especie de reproche. El traje decía que estaba haciendo algo que deberíamos hacer los demás, o deberíamos haber hecho. ¿Qué era?





Empujaba una silla de ruedas por una calzada resquebrajada y no se detenía ante las grietas ni las fracturas. No las veía. Para ella, el trabajo consistía en llevar la silla de ruedas de un sitio a otro. Se lo habían explicado. Llevarás la silla de ruedas de este sitio, en el pabellón de pediatría, a este sitio, en el zoo, y luego la traerás de vuelta. No le habían dicho que el trabajo fuera empujar, pero ella lo había entendido así. Lo que hubiera en la silla y el estado en el que se encontrara le importaba menos. A veces era una niña, a veces un niño. Quizá. ¿Quién podía saberlo? No había nadie más. El niño podía ser o estar encantado, lloroso, insensible, furibundo, insuficiente, daba igual. Quien estuviera en la silla en ese momento (¿se había molestado en mirar?) se tambaleaba espantosamente por culpa de las grietas mientras avanzaban de forma lenta pero desquiciada hacia la puerta de dos hojas del edificio del zoo. La enfermera consideraba que la calzada en mal estado era su cruz. Trataba de allanarla con las grandes ruedas redondas de la silla, pero no servía de nada en absoluto,, sólo para hacerse mucho daño en las manos y en los brazos, y para que la silla traqueteara hasta casi hacerse pedazos.

Decían que era un zoo, pero de zoo no tenía gran cosa, ¿verdad? Embistió con el reposapiés el punto donde se juntaban las dos hojas de la puerta, contra la que estrelló la silla hasta hacerla ceder, lo que provocó un grito ahogado de la persona a la que trasladaba, pero ya la puerta había cedido lo suficiente y se había abierto un pasaje que rozó loes costados de la silla. Una vez atravesado, pisaron ya la moqueta.


2

Ese era el momento, cuando la ruedas giraban cómodamente por el tejido. Lo invadía algo parecido a la magnificencia, o la posibilidad de alcanzarla, que recorría su cuerpecillo retorcido. Antes se había visto obligado a aferrarse a la silla, que daba tumbos y lo lanzaba de un lado a  otro, pero ahora ya no tenía que hacer nada. Recorría a la deriva un lugar de sombras y a ambos lados había ventanas abiertas a sitios en los que nunca había estado nadie: selvas, bosques y desiertos. Allí estaba todo lo que querías ver, pero no sabías que estaba, y cuando lo veías aún lo sabías menos, pero querías todavía más. Todo eso no significaba nada para él, sin embargo, nada para él como ir hasta el dique de los castores, al final de todo. El dique de los castores. No podía pensar en otra cosa. Se despertaba en el estrecho catre del pabellón de los tullidos y gritaba para pedir agua, y lo que en realidad  quería decir cuando gritaba era: Llevadme al dique de los castores, por favor. Cuando lo cargaban hasta la trona en la que lo obligaban a comer cosas que jamás habría comido, volvía a pedirlo entre dientes, haciendo fuerza con la cabeza contra la mesa. Llevadme al dique de los castores. Después de varios días así, alguien se dio cuenta por fin de lo que tenían que hacer. Tenían que llevarlo al dique de los castores. Así pues, escribieron en el tablero: Visita semanal al zoo, con at.esp.a zona castores.

A veces intentaba hablar de los castores con las enfermeras. en realidad, no sabía qué decir, pero ellas aún sabían menos y, por mucho que tratara con todas sus fuerzas de que se dieran cuenta de lo que veía en ellos, no servía de nada. Las caras de sus enfermeras estaba selladas como las ventanas que no pueden abrirse porque se han pintado demasiadas veces, siempre habían estado así. No era ni malo ni reprochable, sencillamente era así.

Había cuatro castores en el lastimoso riachuelo situado al otro lado de la luna de vidrio. A uno le había puesto Ganthor. A uno le había puesto Stueben. A una, Mouselet. A una Ganthor. Había puesto Ganthor a dos porque aún no había decidido cuál es cuál, así que eso le parecía más exacto. De todos modos, sabía que una Ganthor era hembra. Lo que pasaba era que no tenía claro cómo se veía eso, y el movimiento de los castores era tan imprevisible que no era fácil de descubrir.

Los castores se parecían a los peces, eso se sabía, pero también podían talar árboles. Eso le gustaba. Por desgracia, en ese lugar al otro la do de la luna sólo había cosas que parecían árboles, pero no árboles de verdad. Las cosas que parecían árboles las habían hecho de forma que dieran la impresión de que los castores las habían cortado por la mitad, pero él sabía que no era cierto. Para apaciguarlos les habían llevado unos trocitos de madera en un carro, y Stueben se pasaba el día hurgando por ahí, pero nunca llegaba a descubrir qué más hacer. Los demás castores no demostraban interés.

Mouselet era rápida y tenía la nariz más limpia que los demás. Por eso la reconocía. Había un punto de la luna al que se acercaba, cosa que no hacía ninguno de los otros tres. Esa era otra señal.

Ganthor quizá pataleaba al nadar un poco más de lo que parecía necesario. Stueben hurgaba. Así eran los castores y sus costumbres.

La enfermera se quedó allí plantada con aire exagerado, respirando también con aire exagerado delante de la luna. Le latía el corazón y siempre tenía  la impresión de que no era el suyo. Era una enfermedad de la que antes se moría la gente: la sensación de que tu corazón era de otro y el terror de que latiera pegado a ti. Un corazón examinado de  ese modo empieza a agitarse y más temprano que tarde se detiene, como un pez en un balde sin agua, aplasta su silueta, pierde su naturaleza.


3

Dijo: Mira, Ganthor sale del dique. Mira. Pero la enfermera no miraba.

Ganthor quiere pasar al otro lado porque le gusta más. Ya está Ganthor al otro lado, y también allí, y quieren estar juntos, así que se reunían en el centro.

Ese era otro motivo por el que los dos se llamaban Ganthor: siempre se reunían en el centro, a saber por qué.

A Stueben le pasaba algo en la cabeza, y cuando hurgaba a veces se paraba y la apretaba contra alguna parte puntiaguda de la madera, como si tratara de descubrir lo que había sucedido. Daba igual que hubiera sucedido hacía mucho tiempo, él seguía intentando descubrirlo. No tenía buenas perspectivas.

A veces los castores se acercaban y se ponían en fila cerca de la luna. Mouselet delante, en su sitio, los dos Ganthor por allí detrás, donde fuera, y Stueben un poco hacia un lado, como torcido. Allí se quedaban mirando al exterior, y entonces no quedaba claro de quién era cada lado de la luna. A la enfermera no le hacía ninguna gracia.

Ah, ya están otra vez, mascullaba, y maldecía en voz baja, frotándose las muñecas, y daba la vuelta a la silla de ruedas. Se acabó el zoo de los cojones.

Pero aquel día no quería marcharse y, cuando la enfermera dio la vuelta a la silla, trató de volverse y seguir mirando al los castores. Estaba seguro de que lo habían visto. Notaba que lo habían visto claramente por la luna. ¿Era posible? Trató de gritar, y lo consiguió, gritó y su grito fue algo que nunca se había oído.

A su espalda se produjo un estallido tremendo y la enfermera echó a correr.


4
Los castores estaban  a la expectativa, esperaban su oportunidad. Presentían que iban a verlo aparecer y trataban de enseñarle, mediante una conducta semirritual, lo que tenía que saber. Al final de cada representación se reunían para saludar y luego volvían a empezar por el principio. Las veces que haga falta, se decían los unos a los otros. Las veces que haga falta.

Hablaban, en la oscuridad del dique, del día en que pudiera llamarlos y en lo que harían entonces. Era una esperanza contra la esperanza, y a veces Ganthor tenía la impresión de que no llegaría a suceder. Ganthor decía: Esperamos en balde, completamente en balde. Y entonces Mouselet de daba de cabezazos contra el suelo y Stueben vomitaba y Ganthor se meaba. Pero eran firmes como tablones y su fuerza renacía cada mañana. Por mucho que eles arrebataran, siempre renacía, porque no tenían otro trabajo, y siempre hay fuerza para hacer el trabajo que te corresponde.

Lo queremos, dijo Stueben un buen día. Es cuestión de amor. Ganthor dijo que él no quería a nadie. Ganthor repitió lo mismo. Mouselet dijo que todo se conseguía gracias al amor, que no había nada más, a sí que...

Sin embargo, Stueben insistía en que aquello era distinto. No estoy haciendo el trabajo que me tocaría. con ese montón de madera puedo hacer algo que llegue hasta él. Estoy convencido.

Y cuando suceda, dijo, cuando llegue el momento, tendrás que estar preparada, Mouselet. A ti te corresponde resquebrajar la luna.
                                                    
5


                                                    

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CRASH!
CRASH!
CRASH!
CRASH!



 La enfermera siguió corriendo, presa del miedo, y su indumentaria de papel se rasgó por todas partes. Empujaba la silla de ruedas de cualquier forma y se dio la vuelta, se dio la vuelta sobre la rueda rota y a la enfermera se le enredó la pierna y se cayó hacia delante, por delante de la silla, y fue a darse de bruces contra el suelo, agitando la lengua para chillar. Aparecieron los castores, estaban entre ellos. Era una pregunta disparatada, gritada delante de la cara, y los castores saltaron como brazos por los aires. La enfermera murió en cuestión de segundos; le dieron la espalda y retiraron la silla del caído.  

Mi amor, gritaban, mi amor, cariño, y lo golpeaban con las manos y las patas traseras, con la cola y con la boca, con los ojos y con la nariz, las cerdas, las crestas y el pico. Lo despedazaron, lo vengaron, lo liberaron. Él se agazapó debajo y le arrancaron las piernas tullidas, lo mismo que los hombros retorcidos, el cuellecito falso, los ojos bizcos, los mechones caídos por las orejas, todo acabó arrancado. Y así quedó por fin, como uno de ellos, limpio y lozano, con el robusto pelaje agitado en los bordes, los dientes fuertes, el azote plano, la robustez de su salto, su nado y su inclinación.

Lo levantaron y se irguió ante ellos, y tan felices estaban todos, tan absoluta era su victoria, que en el fondo no sabían si volver al dique o ir  a otro lugar. ¿Dónde más podían estar? Se miraron; eran muchos, pero también muy pocos. Eran demasiado viejos y demasiado jóvenes. Todos los años que les quedaban no podían tacharse más que por accidente, pero de repente tuvieron una sensación: estaban suspendidos en lo alto, por algún motivo veían el paso plano y acelerado del tiempo. Pero ante sus ojos se ondulaba y se desgarraba como el calor.

Allí estaban juntos, en aquella moqueta ridícula, y el sonido que hacían era el de los castores.



Amigos, lo que quiero decir es que esta vida es poco profunda, como una bandeja. No va más allá.

Os quiero a todos. Ahora os conozco y os quiero, y da igual, porque esta vida va a matarnos sin conocernos y va a hacer añicos nuestro hermoso corazón sin verlo siquiera, y no hay nada que respire nada cualquier cosa para respirar dentro de una piedra.
                            
Traducción de Carlos Mayor




GRANTA  en español. nº 21 Primavera 2018
 

jueves, 3 de diciembre de 2020

Navidad 2020 con Joseph Brodsky Botticelli y Bach




Sandro Botticelli, Madona con niño y ángeles, 1478, 135 diámetro

 

CANCIÓN DE NAVIDAD

Flota en una pena inexplicable,
entre inmensidades de ladrillo,
una barquita nocturna, siempre encendida,
por el jardín de Alejandro;
farolito en la noche solitario,
como una rosa amarilla,
sobre las cabezas de sus enamorados,
bajo los pies de quienes pisan.
..............................................................
Flota en los ojos la noche fría;
tiemblan copos de nieve en el vagón;
viento helado, viento pálido
ceñirá rojas palmas de las manos,
y se vierte miel de luces de ocaso
y huele a mazapán dulce,
y la Nochebuena trae un pastel nocturno
sobre su cabeza.

Sobre una ola azul oscuro,
en el mar de la ciudad,
flota tu Año Nuevo en una pena inexplicable;
como si la vida empezara de nuevo,
como si hubiera luz y gloria,
un día feliz con pan de sobra,
como si la vida fuera a la derecha,
después de haber oscilado hacia la izquierda. 

                                                              1962


Relacionado:


Joseph BrodskyPoemas de Navidad, Visor,2006

martes, 24 de noviembre de 2020

Marianne Moore enigmática y radiante

 

Delacroix, 1830,tigre en reposo

            Eugène  Delacroix, 1830 Cachorro de tigre jugando con su madre, ól/lz, 131 x 194 cm. Louvre



VORACIDADES Y VERDADES
A VECES INTERACTÚAN

No me gustan los diamantes;
mejor el brillo de "lámpara vegetal" de la esmeralda;
la discreción es deslumbrante
en ocasiones,
y algunas formas de gratitud agotan.

Poetas, no os soliviantéis;

también la "trompa torcida" del elefante "escribe",
y con un libro de tigres que estoy leyendo*
-creo que sabéis cuál-     
me siento en deuda.

Se puede ser perdonado, sí, sé

que se puede , por un amor sin fin.



VORACITIES AND VERITIES SOMETIMES
ARE INTERACTING
I don't like diamonds;/the emerald's "grass-lamp glow" is better;/and unobtrusiveness is dazzling,/ upon occasion./ Som
https://elcultural.com/relatos-el-mundo-de-el-gatopardo-y-la-infancia-de-lampedusae kinds of gratitude are trying.//Poets, don't m "crooked trumpet" make a fuss;/ the elephant's "crooked trumpet" "doth write";/ and to a tiger-book I am reading*-/ I think you know de one-/ I am under obligation.//One may be pardoned, yes I know/ one may, for love undying.


*Libro sobre tigres: Man-Eaters of Kumaon, del comandante  James Corbett


Marianne Moore, Poesía completa, Lumen

martes, 13 de octubre de 2020

Hebe Uhart / Un cuento chino


Encontrarse por primera vez con el modo de escribir y contar de Hebe Uhart produce deslumbramiento. En la escritora argentina (Moreno 1936-Buenos Aires, 2018) el talento narrativo lo acentúa una particular percepción visual y auditiva y un bagaje cultural al que no es ajena la filosofía ...y el humor.
Más el plus indefinible pero palpable que bordea los textos con un sutil halo poético. Todo sencillo y al  tiempo extraordinario

Cuentos  completos editado por Adriana Hidalgo, casi 800 páginas , cien cuentos,   un verdadero festín.



CUENTO CHINO

Yo conozco bastante  a los hombres porque soy prostituta en la casa de la señora Liú. Mis padres me pusieron allí de joven porque pensaron que esa debía ser una buena colocación para mí. El primer hombre que conocí cuando tenía unos dieciséis años, estaba atormentado por unos fantasmas que él creía ver en la habitación. Yo ya casi empezaba a ver grandes sombras rojas ahí dentro y tenía miedo, pero no me daba cuenta. Sólo pensaba: "De aquí me voy a escapar".Me quise escapar cuando él dormía, pero se dio cuenta y me retuvo. Era bueno y cariñoso, ya se había olvidado de imprecar a esos fantasmas y me dijo que pidiera algo de regalo. Le dije que no aceptaba ningún regalo y se sorprendió. Por fin, al verlo compungido, se lo acepté.

Los regalos eran muy importantes en esa casa, y eran el tema de conversación de todos los días. Una vez un hombre muy bueno que había nos trajo un monito para que nos divirtiéramos; todas jugábamos con el monito, pero Anita, una chica que siempre lloraba, se sentó el mono en la falda y empezó a llorar. entonces la señora Liú le dijo al hombre que se lo llevara, que no lo quería ver al monito porque hacía destrozos. Pero la causa era otra; cuando la vio a Anita llorando, la retó y le dijo:

-Estando triste se pierde el 50 por ciento del valor. No hay que estar triste. 

Ella velaba siempre para que no estuviéramos tristes. Cuando alguna andaba medio despeinada o como ausente, le compraba lindos vestidos y hacía una comida especial.                                                 

-Yo creí que les iba a gustar -dijo el hombre del mono, y se fue con el mono.                                  

No bien se fue, todas se empezaron a burlar de él; lo llamaban Mono, decían que tenía el culo como los monos y, como no apareció nunca más, de vez en cuando alguna preguntaba:                                  

¿Qué será de Mono? Después no recuerdo que alguien haya traído un animalito o una planta para alegrar la casa. Me acuerdo de uno al que todas querían; era joven, bastante lindo, charlaba y hacía chistes con todas; todas lo admiraban. Yo le tenía odio porque cuando estaba conmigo se relajaba como un gato y atendía sólo a su placer;le tenía que hacer cosquillas con una pluma, quería que le rascara la espalda y después de hacerlo yo mil masajes por todos lados, me daba una palmada y se iba.                                                                        

Otro no hablaba una palabra: se desvestía y vestía en silencio.                                                               

A ese lo encontré por la calle una vez y los dos hicimos como que no nos conocíamos. Ni siquiera miró para otro lado;yo lo miré y él pasó con cara de piedra, imperturbable. Pero a él yo no le tenía rabia, no le tenía nada. Yo, no sé por qué, les contaba a algunos hombres historias de mi infancia desvalida; eran todas inventadas y cuando las contaba, yo las creía. Me parecían lo más sincero de mí                    misma , y era como el placer de lamer una herida. Pero mi infancia no fue desvalida; mis padres, ahora lo veo, hicieron todo lo que pudieron por mi. 

Había uno que también me contaba su infancia desvalida, me decía que él también era como un chico desvalido. Y así nos pasábamos en la cama tendidos un largo rato, solos en la oscuridad y dándonos calor y compañía. Éramos como hermanos.Después había otro que me insultó. Me dijo los peores insultos de esta tierra. En la casa de la señora Liú estaba prohibido insultar y el que insultaba no entraba más. Pero yo lo perdoné porque comprendí que insultaba su propia maldición, su propia desesperación: veía la miseria de todos y no la podía superar; insultaba a la miseria y cada vez se revolcaba más en ella. Me conmovió porque se tiró a mis pies y me pidió perdón; pero me puse dura ante los insultos, creía que los insultos eran como la muerte. Pero los insultos son graves de otra manera que como la gente piensa; los insultos son como una tierra en la que hubo un terremoto alguna vez: momentáneamente se puede estar tranquilo, uno se distrae, pero siempre está la amenaza latente. 

Por ese tiempo yo me había adaptado a todas las normas de la casa de la señora Liú, aceptaba los regalos, distinguía uno bueno de uno malo, tiraba distraídamente los malos y me quedaba con los buenos. Estaba más linda que antes, estaba en mi plenitud. Pero cuando quería recordar algo que me habían dicho, se me confundían las personas y las cosas. ¿Quién me había dicho que el azul me quedaba mejor que el rojo? ¿Este? No. ¿Quién dijo que los relojes se limpiaban con detergente? Y no podía recordar quién era.

Mezclaba lo que uno decía con otra cosa y así lo repetía yo a mis compañeras, a veces, diciendo algo que había escuchado como si lo hubiese dicho yo, sin darme cuanta para nada en el momento. 

Pensaba que estaba perdiendo la memoria y me decía: "Dios mío que no pierda la memoria". Yo no le conté a nadie esto, ni a la señora Liú, que no advirtió nada.Me reía coomo siempre.

Un día  apareció un hombre que parecía llevar un peso muy grande sobre sus espaldas, pero no me dijo qué le pasaba; yo tampoco le pregunté. Ese hombre me hacía hermosos regalos, pero yo no les daba importancia. Parecía que los regalos fuera cosas que estaban ahí puestas, que no fueran de él ni de nadie. Yo me cuidé muy bien de decirle lo hermosos que eran sus regalos, dado que él no les daba ninguna importancia a nada. Cuando me puse a pensar en eso se me notó en la cara y la señora Liú me empezó a mirar. Yo a él le dije un día:         

-No quiero más regalos tuyos, quiero...                  

Y no sabía cómo decirle lo que quería.Él me dijo:   

-¿Qué querés? Te doy lo que quieras.                     

Y yo quería otra cosa y no sabía lo que quería. Desalentado dijo:                                                      

-Las mujeres son así. No sé por qué no sabrán lo que quieren.                                                            

Yo no dije nada. La señora Liú lo hizo ir con otra. Fue una sola vez y no volvió más por allí. A mí no me calienta para nada que se haya ido. Si no es en esta vida, yo pienso que en la otra lo voy a encontrar.




Hebe Uhart, Cuentos completos, Adriana Hidalgo,2019


miércoles, 23 de septiembre de 2020

Anton Chéjov escribe una carta a Dimitri Grigorovich



Si en 
Anton Chéjov recibe una carta se puede leer el mensaje cálido pero apremiante que el escritor y reconocido intelectual ruso Dimitri Grigorovich envió el 25 de marzo de 1886 a un desconocido joven médico  que escribía relatos, ésta es  la carta con que tres días después  le respondió  el escritor que se creía sólo un "aficionado",y acabaría siendo -Anton Chéjov-.
 






A DIMITRI v. GRIGOROVICH
Moscú,28 de marzo de 1886


Su carta, mi querido y buen bienhechor,me ha impactado como un rayo. Me conmovió y casi rompo a llorar. Ahora pienso que ha dejado una profunda huella en  mi alma. Del mismo modo que usted ha acariciado mi juventud, quiera Dios se sosiegue su vejez, pues no encuentro palabras ni hechos para agradecérselo. Ya sabe con qué ojos mira la gente corriente a los elegidos como usted; por eso puede juzgar qué representa para mi amor propio su carta. Está por encima de cualquier diploma y para un escritor principiante representa los honorarios presentes y futuros.Estoy embriagado. No tengo fuerzas para juzgar si merezco o no esa alta recompensa. Le repito únicamente que me ha impactado.

Si tengo un don que deba ser respetado, le confieso, ante la pureza de su corazón, que hasta ahora no lo respeté. Sentía que lo tenía, pero me acostumbré a considerarlo insignificante. Para que un organismo sea injusto consigo mismo, receloso y desconfiado, son suficientes razones de naturaleza puramente externa. Y, si mal no recuerdo, tales razones abundan en mí.Todas las personas cercanas a mí han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor. Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos docenas que escriben y no puedo recordar ni a uno solo que haya visto en mí a un artista. En Moscú existe el llamado "círculo literario". Talentos y mediocridades de cualquier pelaje y edad se reúnen una vez por semana en el reservado de un restaurante y derrochan sus lenguas. Si fuera allí y les leyera una parte de su carta se reirían de mí. Tras cinco años de deambular por los periódicos he logrado compenetrarme con esa opinión general de mi insignificancia literaria. En seguida me acostumbré a mirar mis trabajos con indulgencia y a escribir de manera trivial.Esa es la primera razón...La segunda es que soy médico y siento una gran pasión por la medicina, de modo que el proverbio sobre las dos liebres* nunca quitó tanto el sueño como a mí.

Le escribo todo esto sólo para justificar un poco ante usted mi gran pecado. Hasta ahora he mantenido, respecto a mi labor literaria, una actitud superficial, negligente y gratuita. No recuerdo ni un solo cuento mío en el que haya trabajado más de un día. "El cazador", que a usted le gusta, lo escribí en una casa de baños. He escrito mis cuentos como los reporteros que informan de un incendio: mecánicamente, medio inconsciente, sin preocuparme para nada del lector ni de mí mismo...He escrito intentando no desperdiciar en un cuento las imágenes y los cuadros que quiero y que, sabe Dios por qué,he guardado y escondido con mucho cuidado.

Lo primero que me llevó a la autocrítica fue una carta muy amable y, por lo que entiendo, sincera de Suvorin. Comencé entonces a prepararme para escribir algo más serio, pero, a pesar de todo, no tenía fe en mi valía literaria.

Y entonces, inesperadamente, me llegó su carta. Disculpe la comparación, pero ha actuado en mí como la orden gubernamental de "abandonar la ciudad en veinticuatro horas", esto es,de pronto he sentido la imperiosa necesidad de darme prisa, de salir lo antes posible del lugar donde me halló empantanado...

Estoy de acuerdo en todo con usted. El cinismo que me señala, lo sentí al ver publicado "La bruja". Si hubiera escrito ese cuento no en un día, sino en tres o cuatro, no lo habría...

Me libraré de los trabajos urgentes, pero me llevará tiempo...No es posible abandonar el carril en que me encuentro. No me importa pasar hambre, como ya pasé antes, pero no se trata de mí...Dedico a escribir mis horas de ocio, dos o tres por día y un poco de noche, esto es, un tiempo apenas suficiente para pequeños trabajos. En verano, cuando tenga más tiempo libre y menos obligaciones, me ocuparé de asuntos serios.

No puedo poner mi verdadero nombre en el libro, porque ya es tarde:la viñeta ya está preparada y el libro, impreso. Mucha gente de San Petersburgo me ha aconsejado, antes que usted, no echar a perder el libro con un seudónimo, pero no les he hecho caso, probablemente por amor propio.No me gusta nada mi libro**. Es una vinagreta, un batiburrillo de trabajos estudiantiles, desplumados por la censura y por los editores de las publicaciones humorísticas. Creo que, después de leerlo, muchos se sentirán decepcionados. Si hubiera sabido que usted me lee y sigue mis pasos, no lo habría publicado.

La esperanza está en el futuro. Sólo tengo veintiséis años. Quizás me de tiempo a hacer algo, aunque el tiempo pasa deprisa.

Le pido disculpas por esta carta tan larga. No se lo recrimine a quien por primera vez en su vida se atrevió a deleitarse con el placer de escribir una carta a Grigorovich.

Envíeme, si es posible, su tarjeta de visita. Me siento tan inquieto y colmado de atención por usted, que me parece que le escribiría no una hoja, sino toda una resmilla. Que el señor le otorgue felicidad y salud.
Con profundo y sincero respeto y agradecimiento,
Antón Chéjov


*Alusión al proverbio ruso:"El que sigue dos liebres, tal vez cace una, y muchas veces ninguna".
**Chéjov se refiere a su segundo libro, "Cuentos abigarrados".
 
 El texto está en  "A.Chéjov, Sobre literatura y vida",editado admirablemente,por Páginas de Espuma, como antes editaron sus "Cuentos completos" en cuatro tomos. 

lunes, 27 de julio de 2020

Ana María Matute: Los cuentos vagabundos



Ana María Matute (Barcelona, 1925-2014) fue  una de los  escritores de la posguerra española más interesantes y prometedores. Tiene una obra  larga y desigual con una  primera etapa sólida y brillante, Fiesta al NordestePrimera memoriaLos hijos muertos...,en que transforma  materiales autobiográficos en  prosa 
  de gran fuerza literaria.Tras una interrupción de casi veinte años su estilo fue derivando hacia lo fantástico-medieval, quimérico y alegórico que culmina en  Olvidado rey Gudú.


Menchu Gal (Irún, Guipúzcoa, 1919-San Sebastián,2008), fauvista, expresionista, cubista,  con un  estilo vigoroso y poético que  la convierte en  una de los más interesantes   pintores españoles de  posguerra.


Los cuentos vagabundos





Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo.Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.



He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos.Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. que se cuela hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.
Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en la casa, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.
Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejando por el camino! 
Mi abuela me contaba, cuando yo era pequeña, la historia de la Niña de Nieve. Esta niña de nieve, en sus labios, quedaba irremisiblemente emplazada en aquel paisaje de nuestras montañas, en una alta sierra de la vieja Castilla. Los campesinos del cuento eran para mí una pareja de labradores de tez oscura y áspera, de lacónicas palabras y mirada perdida, como yo los había visto en nuestra tierra. Un día el campesino de este cuento vio nevar. Yo veía entonces, con sus ojos, un invierno serrano ,con esqueletos negros de árboles cubiertos de humedad, con centelleo de estrellas. Veía largos caminos, montaña arriba, y aquel cielo gris, con sus largas nubes, que tenían un relieve de piedras. El hombre del cuento, que vio nevar, estaba triste porque no tenía hijos. Salió a la nieve,y, con ella ,hizo una niña. Su mujer miraba desde la ventana. Mi abuela explicaba:"No le salieron muy bien los pies. Entró en la casa y su mujer le trajo una sartén. Así, los moldearon lo mejor que pudieron". La imagen no puede ser más confusa. Sin embargo , para mí, en aquel tiempo, nada más natural. Yo veía perfectamente a la mujer, que traía una sartén, negra como el hollín. Sobre ella, la nieve de la niña resaltaba blanca y viva. Y yo seguía viendo, claramente, cómo el hombre moldeaba los pequeños pies. "La niña empezó entonces a hablar",continuaba mi abuela. Aquí se obraba el milagro del cuento. Su magia inundaba el corazón con una lluvia dulce, punzante. Y empezaba a temblar un mundo nuevo e inquieto. Era también tan natural que la niña de nieve empezase a hablar...en los labios de mi abuela, dentro del cuento y del paisaje, no podía ser de otro modo. Mi abuela decía, luego, que la niña de nieve creció hasta los siete años. Pero llegó la noche de San Juan. En el cuento, la noche de San Juan tiene un olor, una temperatura y una luz que no existen en la realidad. La noche de San Juan es una noche exclusivamente para los cuentos. En el que ahora me ocupa hubo hogueras como es de rigor. Y mi abuela me decía:"Todos los niños saltaban por encima del fuego, pero la niña de nieve tenía miedo. Al fin, tanto se burlaron de ella, que se decidió. Y entonces, ¿sabes qué es lo que le pasó a la niña de nieve?" Sí, yo lo imaginaba bien. La veía moverse blanda hasta derretirse. Desaparecía para siempre. "¿Y no apagaba el fuego?", preguntaba yo con un vago deseo.¡Ah!, pero eso mi abuela no lo sabía. Sólo sabía que los viejos campesinos lloraron mucho la pérdida de su niña.

No hace mucho tiempo me enteré de que el cuento de la Niña de Nieve, que mi abuela recogiera de labios de la suya, era en realidad una antigua leyenda ucraniana. Pero ¡qué diferente, en labios de mi abuela, a como la leí! La niña de nieve atravesó montañas y ríos, calzó altas botas de fieltro, zuecos, fue descalza o con abarcas, vistió falda roja o blanca, fue rubia o de cabello negro, se adornó con monedas de oro o botones de cobre, y llegó a mí, siendo niña, con justillo negro y rodetes de trenza arrollados a los lados de la cabeza.
La niña de nieve se iría luego, digo yo, como esos pájaros que buscan eternamente, en los cuentos, los fabulosos países donde brilla siempre el sol. Y allí en vez de fundirse y desaparecer, seguirá viva y helada, con otro vestido, otra lengua, convirtiéndose en agua todos los día sobre ese fuego que, bien sea en un bosque, bien en un hogar cualquiera, está encendiéndose todos los días para ella. El cuento de la niña de nieve como el cuento del hermano bueno y el hermano malo, como el del avaro y el del tercer hijo tonto, como el de la madrastra y el hada buena, viajará todos los días y a través de todas las tierras. Allí, a la aldea donde no se conocía el tren, llegó el cuento caminando. El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe, en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en las calumnias, en los cruces de caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros , carretera adelante. El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.





Ana María Matute, El tiempo, Destinolibro,1991

martes, 5 de mayo de 2020

Anton Chéjov y Marianne Moore un mismo tema


                      
W.H.Auden cuenta cómo  la primera vez que leyó poemas de Marianne Moore pensó algo parecido  a "¿pero esta de qué va?" y  siguió leyendo los estrafalarios versos  porque le enganchó  el tono de voz  y  poco a poco fue descubriendo que los poemas  fulguraban como joyas de imaginación, visión  y lenguaje y entraron a formar parte de sus preferidos. "To a chameleon" es de 1959 una etapa ya de mantenida  madurez de la poeta. 


TO A CHAMELEON

Hid by the august foliage and fruit of the grape-vine

twine
your anatomy
round the pruned and polished stem,
Chameleon
Fire laid upon
an emerald as long as
the Dark King'massy
one,
could not snap the spectrum up for food as you have done.



A UN CAMALEÓN/ Oculto entre el augusto follaje y los frutos de la viña/ entretejes/ tu anatomía/ alrededor del mondo tallo pulido,/Camaleón./ Ni el fuego encendido/ sobre una esmeralda tan grande como/ aquella/ enorme del Rey Oscuro/podría arrebatar y devorar el espectro solar como tu has hecho.
Marianne Moore, 1959









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En cambio Antón Chéjov cuando escribe "El Camaleón" en 1884 tenía sólo 24 años y trataba de desaparecer firmando Chejonte. Acababa de terminar medicina y creía que ser médico era su verdadera vocación. Es verdad que desde los veinte años escribía pequeñas historias de cuya publicación y éxito dependía económicamente su familia, pero no lo consideraba nada serio y menos definitivo. Hasta que en 1886 el escritor Dimitri Grigórovich le hizo abrir los ojos mostrándole su admiración y señalándole la responsabilidad que tenía con el don que había recibido. Chéjov, prodigioso en todo. Faltan seis años para su extraordinario viaje a la isla de Sajalín y mucho menos para que con las nuevas experiencias, sumergiendose en la escritura se convierta en un maestro inigualable.


EL CAMALEÓN

El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un paquete en la mano, atraviesa la plaza del mercado. Le sigue un agente pelirrojo con un tamiz lleno a rebosar de grosellas confiscadas. A su alrededor reina el silencio...En la plaza no hay ni un alma...Las puertas abiertas de tiendas y tabernas contemplan con tristeza este mundo de Dios, como bocas hambrientas; ni siquiera se ven mendigos a su lado.
- ¿Así que quieres morderme, maldito? -oye de pronto Ochumélov- ¡No lo dejéis escapar, muchachos! ¡Ahora está prohibido morder!¡Cogedlo! ¡Ah...! ¡Ah!

Se oye un aullido. Ochumélov vuelve la cabeza y ve un perro que, saltando sobre tres patas, se aleja corriendo del almacén de madera del comerciante Pichuguin, sin dejar de mirar a un lado y a otro. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y chaleco desabotonado que se lanza con el torso hacia adelante y, tras caer al suelo, atrapa al animal por las patas traseras. De nuevo se oye un aullido y un grito: "¡Qué no escape!". Algunas caras soñolientas se asoman desde las tiendas y en un abrir y cerrar de ojos, como salida de debajo de la tierra, una muchedumbre se agolpa delante del almacén de madera.
-¡Están alterando el orden,excelencia...!- dice el agente.

Ochumélov gira a la izquierda y se encamina al lugar de la reunión. Junto a la puerta del almacén ve cómo el hombre del chaleco desabotonado, mencionado más arriba, levanta la mano derecha y muestra a la concurrencia un dedo ensangrentado. En su rostro de borracho puede leerse: "¡Me las pagarás, granuja!", y el mismo dedo parece un signo de victoria. Ochumélov reconoce en ese hombre al orfebre Jriukin. En medio de la multitud, con las patas delanteras separadas y todo el cuerpo tembloroso, está sentado el responsable del escándalo, un cachorro de galgo blanco con el hocico afilado y una mancha amarilla en el lomo. Sus llorosos ojos expresan tristeza y pavor.
-¿Qué pasa aquí? -pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre el gentío-. ¿Qué es esto? ¿Qué está haciendo con el dedo...?¿Quién ha gritado?

-Iba tranquilamente por la calle, excelencia, sin meterme con nadie...-empieza Jriukin, tosiendo en el puño-. Para tratar de la leña con Mitra Mitirch; de pronto, este canalla, sin razón alguna, me mordió el dedo...Perdóneme, pero soy un trabajador...Mi actividad requiere una gran minuciosidad. Quiero que me paguen, porque tal vez no pueda mover el dedo en una semana...En ninguna parte está escrito, excelencia, que haya que aguantar que estas bestias...Si todos se ponen a morder, más valdría no vivir en este mundo...
-¡Hum...!Está bien...-dice Ochumélov con aire severo, tosiendo y moviendo las cejas-. Está bien...¿De quién es este perro? Las cosas no van a quedar así.¿Os voy a enseñar a dejar sueltos a los perros! ¿Ya es hora de ocuparse de esos señores que no quieren respetar las ordenanzas! ¡Cuando le haya puesto una multa a ese miserable sabrá lo que significa dejar en plena calle a un perro o cualquier otro animal! ¡Se va a enterar de quién soy yo...!¡Yeldirin!- dijo , dirigiéndose al agente-. ¡Encuentra al propietario de este perro y levanta el atestado! ¡Y al perro hay que sacrificarlo! ¡Ahora mismo! Seguro que tiene rabia...¿De quién es este perro? ¿Es que no me oís?

-¡Me parece que es del general Zhigálov! -grita alguien entre la multitud.
-¿Del general Zhigálov? Hum...Ayúdame a quitarme el capote, Yeldirin...¡Hace un calor insoportable! Seguro que va a llover...Solo hay una cosa que no entiendo: ¿cómo ha podido morderte? -dice dirigiéndose a Jriukin-. ¿Acaso puede llegarte al dedo?¡con lo pequeño que es y el corpachón que tu tienes! Seguro que te has arañado el dedo con un clavo y luego se te ha ocurrido la idea de sacar provecho. ¡Te ...conozco muy bien! ¡Os tengo muy calados a todos, demonios!
-Le ha puesto un cigarrillo en el hocico para divertirse, excelencia, y el perro, que no es tonto, le ha mordido...¡Siempre está armando líos excelencia!
-¡Mientes, tuerto del demonio! No has visto nada, así que ¿por qué mientes? Su excelencia es un hombre inteligente y sabe quién miente y quién habla en conciencia, como delante de Dios...Si miento, que sea el juez de paz quien lo diga. En sus leyes está escrito...Hoy día todos somos iguales...Un hermano mío es gendarme...por si quieren saberlo...
-¡Nada de comentarios!
-No, no es del general...-observa el agente, sumido en profunda meditación-.El general no tiene perros así. Casi todos los suyos son perros de muestra...
-¿Estás seguro?
-Completamente, excelencia...
-Ya lo sabía. El general tiene perros caros, de raza, mientras que este...¡el diablo sabe lo qué es! No tiene pelo, nin prestancia...Es una birria...¿Cómo va a tener un perro así? ¿Dónde tenéis la cabeza?Si un perro como este apareciera en San Petersburgo o Moscú, ¡sabéis lo que pasaría? ¡No se pararían a ver lo que dice la ley, sino que lo matarían de inmediato! Tú has resultado herido, Jriukin y no debes dejar que este asunto acabe así...¡Hay que darle una lección! Ya es hora...

-Aunque es posible que sea del general...-piensa en voz alta el agente-. No es algo que se lleve escrito en el hocico...El otro día vi uno parecido en su patio.
-¡Es del general, no cabe duda! -dice alguien entre la multitud.
-Hum...Ayúdame a ponerme el capote, amigo Yeldirin...Se ha levantado algo de viento...Tengo escalofríos...Llévalo a casa del general y pregunta si es suyo. Diles que lo he encontrado y que se lo envío...Y añade que no lo dejen suelto por la calle...Puede que sea un perro caro y, si algún cualquier cerdo le pone un cigarrillo en el hocico, no tardará mucho en echarse a perder. Un perro es un animal delicado...¡Y tú, granuja, baja el brazo! ¡No hay razón imbécil, para que enseñes el dedo!¡La culpa la tienes tú!

- Por ahí viene el cocinero del general. Vamos a preguntarle...¡Eh, Prójor! ¡Ven aquí un momento, amigo! Échale un vistazo a este perro...¡Es vuestro?
-¡Qué dices! ¡Jamás hemos tenido un perro así!
-Bueno, ya no hay necesidad de seguir preguntando -dice Ochumélov-.¡Es un perro vagabundo! No tiene sentido seguir dándole vueltas al asunto...Si digo que es un perro vagabundo, es que es un perro vagabundo...Hay que acabar con él, eso es todo.
-No es nuestro -continúa Prójor-. Es del hermano del general, que ha llegado hace unos días. Al general no le gustan los galgos. Es de su hermano...
-¿Ha llegado el hermano del general? ¿Vladimir Ivánich? -pregunta Ochumélov y una afectuosa sonrisa ilumina todo su rostro-. ¡Vaya por Dios! ¡Y yo sin saber nada! ¿Ha venido de visita?
-Así es...
-Vaya por Dios...Echaba de menos a su hermanito...¡Y yo sin saberlo! ¿Así que ese perro es suyo? Estupendo...Cógelo...Menudo ejemplar...Es muy vivaracho...¡Le ha dado un mordisco en el dedo a ese! ¿Ja,ja, ja! Bueno, ¿por qué tiemblas? Rrr...rr...Está enfadado el muy bribón...Qué cachorro más bonito...

Prójor llama al perro y se aleja con él del almacén de madera...El gentío se ríe a carcajadas de Jriukin.
-¡Todavía tengo que ajustar cuentas contigo! -le dice Ochumélov, amenazándole, y , tras envolverse en su capote, sigue su camino por la plaza del mercado. Anton Chéjov, 1884


Marianne Moore, Poesía completa, Lumen,2010
Anton Chéjov, Cuentos completos [1880-1885] Páginas de espuma, 2013